Sentado en una de las mesas que
dan a la cristalera, puedo apreciar cómo la lluvia se estrella contra el
pavimento. A los transeúntes buscar refugio en las marquesinas, o en las
paradas del autobús cercanas. Otros, directamente corren hasta la boca del Metro
más próxima. Sin embargo, yo estoy aquí aislado y a salvo de la tormenta,
consolándome con un café, mientras pienso en otras cosas. Más bien, pensando en
ella. En lo lejos que quedaban nuestros paseos por el campo, sin importarnos
que la lluvia primaveral nos pudiera sorprender sin previo aviso. En lo fácil
que nos resultaba descorchar nuestra pasión sin apenas proponérnoslo. Una
caricia leve, un susurro bastaba para que la llama se encendía en cualquier
rincón de aquella casa que nos vivió nace y morir como pareja. En la música que
sonaba atronadora, mientras urdíamos planes que nunca llevamos a cabo. Quizá
nuestro amor estaba roto cuando lo adquiríamos una noche en las fiestas
municipales, o quizá no supimos manipularlo de la manera más adecuada hasta que
un buen día murió. Desde entonces vivo tan quebrado como las ramas de los
árboles que son zarandeados por el viento otoñal, y finalmente se tronchan. Mi
imaginación no se apiada de mí, propone acertijos cuya resolución siempre quedan
en el aire, en una subrealidad a la que no pertenezco. Naufragio en el «tal
vez...», «ojala...», «o lo mejor...».
La
lluvia ya ha cesado en el exterior. Sin embargo en mi corazón, el aguacero
persiste con un dolor casi imperceptible, pero permanente. Algo que se ha
instalado como un inquilino molesto en mi esencia de persona hasta formar parte de mí.
El
café es amargo. Ni siquiera el azucarillo es capaz de endulzarme el mal trago
que me producen los recuerdos.
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