El Camino.


El Camino.


            La oscuridad se adueñó del cielo aquella noche de tormenta, por lo que el viajero tuvo que buscar una posada donde guarecerse de las inclemencias del tiempo. La única que encontró fuera del camino era la mía.
            Era un local ni gran, ni lujoso. Simplemente era un lugar cálido y con comida. Se podría decir que era un reflejo de mí mismo. Nada especial. Y así lo reconoció el viajero, alzando una mirada desconfiada a la estancia.
            —Buenas noches, viajero.
            —Buenas noches —respondió él sin apartar la mirada de una de las mesas del fondo.
            —¿Qué puedo ofrecerle?
            —De momento una copa de vino caliente.
            —Buena elección.
            —Buen posadero sería tan amable de añadirle una cucharada de miel.
            —Con mucho gusto.
            Una vez el caldo estaba caliente le añadí una generosa cuchara de miel, y se lo llevé hasta la chimenea.
            —¿Qué le traer por aquí?
            —El camino.
            Me miró como si no fuera capaz de entender.
            —Dicho así suena obvio. Pero vera vuestra merced. Hace años descubrir el camino, y después de pasar varios meses observando su trazado sentir su llamada. Era como la voz de una mujer hermosa que suplicaba que la amase. Durante un tiempo lo seguí. Cuanto más tiempo pasaba en él, más deseaba seguir avanzando. Sin embargo, por más que me pese admitirlo, nunca he llegado a ninguna parte. Siempre tengo la extraña sensación de estar cerca de mi destino, pero siempre hay una nueva montaña que atravesar, un nuevo río que vadear.
            —Pero el camino principal está lejos de aquí —repliqué.
            —Lo sé. Esta mañana me he apartado para abrevar al caballo, y he visto cómo serpenteaba entre las colinas, cómo descendía hasta el valle, y me dado cuenta de una cosa.
            —Por todos los dioses, no me deje en ascuas.
            —Me he dado cuenta de que por muy hermoso que sea el camino, jamás será mío. Nunca llegaré a ese destino porque no existe. Quizá sólo esté en nosotros, en el lugar donde hallemos la paz.
            —Sabias palabras.
            La mirada del viajero quedó atrapada entre el tímido parpadeo de las llamas del hogar. Se diría que, estuviera reviviendo todos aquellos momentos que pasó en el camino. O puede que intentara recordar qué le impulso realmente a tomar el camino. O quizá qué habría sido de su vida si no hubiera sentido la llamada.
            Dejé al buen hombre con sus cavilaciones, y aproveché la ocasión para tomarme un merecido descanso. Aunque la verdad es que no hay muchos viajeros que llegan a esta parte del mundo.
            Con el alba, el viajero partió dejando a su espalda el Camino. Seguramente buscaría un lugar donde asentarse.
            Eso mismo me ocurrió a mí cuando comprendí que el Camino abarcaba mucho más de lo que yo en una vida podría recorrer. Es tan infinito, que el solo hecho de pensarlo me produce una honda desazón. Lo que desconoce el viajero es que una vez te atrapa el Camino, podrás alejarte de él, pero ya jamás podrás desprenderte de la transformación que obró en tu persona.
            Seguramente el viajero, cuando encuentre su lugar, como yo encontré estas cuatro paredes donde me escondo de la llamada, llegará a la misma conclusión; sin el Camino su vida nunca será la que es.

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