Por Amor a Él.


Por Amor a Él.
            Sabía que en las próximas horas todo habría terminado. O más bien, cabría decir que todo comenzaría. Dejaría de ser La Dulce Carolina, como la llamaban sus amigas, para convertirse en un ser supeditado a otro. Y todo ello. por el amor que sentía hacia él. Un amor sincero e incondicional que se agitaba en su pecho y que apenas le dejaba dormir por las noches. Desde el primer instante que fue consciente de ello, no se dejó intimidar por las dudas y los miedos derivados de los convencionalismos, a veces tan herméticos y tan injustos. Tendría que hacer muchas concesiones. Tantas, que no quedaría nada de ella. Y, sin embargo, estaba dispuesta a asumirlas. Era su deber.
            Allí, tumbada, esperando acontecimientos lo recordó todo: La noche. Suave y estrellada de mediados de septiembre. La música. Lejana y pachanguera. Pero, sobre todo, recordó su sonrisa. Desde el momento en el que los presentaron, junto al muro del cementerio, mientras la orquesta municipal amenizaba la velada con pasodobles, su cuerpo se estremecía cada vez que el rostro de Sergio se perlaba con una sonrisa perfecta. No tuvieron más que cruzar un par de miraditas y algunas risas nerviosas para saber que aquello no era más que el principio. Y así, casi sin proponérselo, sus cuerpos se conocieron más íntimamente esa misma noche.
            También recordó como a medida que la efervescencia de los primeros encuentros comenzó a evaporarse, la frialdad de su propia piel una vez que las caricias de Sergio fueron espaciándose en el tiempo. Después llegaría la indiferencia. Pero antes de eso, brotó en él un sentimiento de inferioridad que se tradujo en amenaza, llamas a horas intempestivas cargadas de insultos, para acto seguido mostrar arrepentimiento y promesas que nunca se cumplieron.  
            Dos lágrimas se desbordaron como sendos ríos al reprocharse a sí misma su intención de adoptar un papel menor dentro de su propia existencia. A estar dispuesta a lidiar con los maltratos y los celos infundados. A no dar crédito a los whatsapp, que de manera clandestina recibía de su amiga Ana, en los que le advertía de que Sergio estaba con ella porque una rubia sosaina y tetona, a la que dedicaba canciones mientras aporreaba una guitarra en el YouTube, y que finalmente le había dado calabazas. Incluso estaba dispuesta a sacrificar a sus amigas. Asumió que todo era la suma de las consecuencias del amor que sentía por él.
            Fue en esos días, en los que su vida se limitaba a los cuatro muros de la casa que compartía con Sergio y que ella se encargaba de pagar con exquisita puntualidad, gracias al trabajo que desempeñaba en una modesta tienda de modas, aunque cabría decir que más bien él la había tomado al asalto como una horda de bárbaros imponiendo su voluntad, cuando se hizo realidad aquel anhelo inocente, casi infantil.
            Se hizo un ovillo en la cama. No parecía más que un animalito asustando, esperando acontecimientos. Era plenamente consciente de que todo se debía a un error. Un simple error que marcaría el resto de su vida. Otra punzada de dolor le recordó que los errores más temprano que tarde se acaban pagando. Sin embargo, ella lo aceptó con suma naturalidad.
            Sí. La decisión de seguir adelante con su embarazo era el mayor acto de amor que podía hacer por él. No por Sergio, sino por Marcos que en pocas horas se convertiría en el verdadero protagonista. Lo que al principio le pareció una soga deslizándose por su cuello, se convirtió en un alivio cuando Sergio anunció que no querría saber más de ella si no abortaba. Claro que la decisión no resultaba fácil para una niña de diecinueve años asustada y en un país extranjero. Pero la vida de Marcos estaba en juego. ¿Qué culpa tenía él de que su madre no hubiera cortado de raíz los abusos a los que Sergio la sometía?
            Se recostó sobre el respaldo de la cama, tan incómoda como cabe esperar de la habitación fría e impersonal de un hospital. Había recuperado el control de su vida, si bien es cierto que, nunca lo perdió del todo. Hasta ese punto, la cosa iba rápido. O al menos esa sensación tenía ella. Le incomodaban más las idas y venidas de otras embarazadas acompañadas de sus familiares por el pasillo, que el hecho de encontrarse allí sola. Sin embargo, toda su entereza se disipó cuando el único rostro amigo que vería durante toda la noche, a excepción del de Marcos, cruzó el umbral de la puerta.
            Adriana, la hermana mayor de Carolina, tomó un taxi nada más salir de la cocina del bar de barrio en el que trabajaba echando más horas de las debidas por un sueldo que no se correspondía con el esfuerzo, pero que servía igualmente para pagar el alquiler. Se abrazaron. Lloraron juntas.
            Por un momento, ambas, desearon estar en el campo de labranza junto a su abuela.
            Nadie preguntó por Sergio, que ni apareció ni se le esperaba. Un escueto mensaje llegó al whatsapp de Carolina que decía: felicidades, nena. De parte de tus compañeras.
            Varias horas después, Marcos fijaba por primera vez su mirada huidiza en los ojos verdes de su madre.
            Y todo por amor a él.
       

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