Mi Otra
Vida.
1
Tengo un buen trabajo, una
secretaria eficiente además de guapa, una buena casa en una zona residencial,
un coche de importación, y una bella esposa. Puede que eso sea triunfar en la
vida. Pero para mí no es más que una cárcel. Una cárcel dorada.
Entro en el parking de la compañía y
estaciono el coche en la misma plaza donde lo he hecho en los últimos cinco
años; 2 b1. Siguiendo con mi
costumbre he llegado con casi media hora de adelanto, así que podré tomarme un
café sin agobios. Rara vez, llega antes que yo Donna, mi secretaria. Su nombre
real no es Donna. Es un apodo que le puse hace unos años por el enorme parecido
que tiene con la actriz, Donna Reed. Su verdadero nombre es Florence. Nunca me
ha gustado ese nombre. Una chica tan guapa debería tener un nombre más acorde
con su cara.
El despacho está igual que lo dejé
ayer por la noche, es decir inmaculado. Tengo la extraña sensación de que no
trabajo mucho, aunque soy el último en irse a casa, y exceptuamos a Donna, que
tengo que hacer uso de la Guardia Nacional
para que salga por la puerta antes que yo.
Tengo que confesar que no me gusta
mucho mi trabajo. Hacer informes de cosas absurdas que al final no sirven para
nada dentro de la empresa. Asistir a aburridas reuniones en las que mi opinión,
la mayoría de las veces, no interesa a nadie. A pesar de ello, queda reflejada
en informes que nadie se molesta en leer. Eso sí, Donna me informa puntualmente
de los movimientos de los demás hombres que integran el consejo. Tal vez porque
no soy una amenaza para nadie o porque no importo a nadie, siempre me libro de
las llamadas; restructuración de personal. La última vez, cayeron tres
consejeros por un asunto que no quedó del todo resuelto, y que como no podía
ser de otra manera nadie se digno a explicármelo, ni siquiera Donna estaba al corriente.
Así que después de todo, mi trabajo es aburrido y hermético. Por fortuna está
bien pagado y me deja mucho tiempo libre. Sin embargo, desde hace cinco años no
tengo amigos con los que compartir ese tiempo libre.
—Buenos días, jefe —dice Donna
risueña—. ¿Vio el partido de anoche?
—Por su puesto. No creo que
lleguemos a los playoffs jugando así
de mal.
—¡Qué dice, hombre fue por culpa del
árbitro! Hasta un ciego habría visto esa falta.
La verdad es que no he visto nada
del partido, sólo me remito a repetir como un loro lo que he oído esta mañana
en la radio.
—Eso no puede enmascarar el hecho
tangible de lo mal que juegan el equipo.
—¿Usted de qué lado está? Hay veces
que no lo tengo muy claro. Jeffrey cree que hay equipo para llegar muy lejos
este año.
—Tú marido piensa lo mismo todos lo
años, y todos los años se equivoca.
—Algún día acertará.
—Estadísticamente hablando; está más
cerca.
Donna soltó una carcajada.
Desde luego que lo mejor del trabajo
era ella. Sé que es eficiente, divertida, y aunque es una chica de veinticuatro
años menudita, es lo bastante sexy para que el pesado de Peter ronde por aquí
todos los días como si su imponente metro ochenta fuera hacer que Donna cayera
rendida a sus pies. Sin embargo, como cualquier otra mujer, que sabe que tiene
la sartén por el mango. Juega con Peter hasta el punto de hacerlo enloquecer.
Enloquecer hasta cierto punto. Llegado el caso no renunciaría a los beneficios
de estar casado con una abogada de prestigio por vivir con una secretaría en un
apartamento de alquiler a las afueras de la ciudad. Pero Peter, no deja de
tirar el anzuelo por si pica.
—¿A qué inútil comisión estoy
agregado esta semana?
—Lo siento señor Foster, pero no
tengo noticias de nada para esta semana.
—Bien estaré en mi despacho.
Otras de las ventajas de tener un
trabajo como el mío es que dispongo de unas buenas vistas de la ciudad. Habría
preferido que diera al puente de Brooklyn. Hay algo en ese puente que siempre
ha fascinado. Puede que se deba a que de niño me regalaron un mecano para su
construcción.
A media mañana, justo antes del segundo
café en la oficina, me llama Samantha para recordarme que esta noche tenemos
una de las cenas anuales que todo buen consejero de la empresa no puede
perderse. A mi mujer le encantan ese tipo de actos. Sobre todo, cuando asiste
el Gran Jefe. Ronnie Jefferson es el hombre que me puso en mí puesto una vez
que me casé con Samantha. Ni que decir tiene que yo no estoy cualificado para
el trabajo. Pero es amigo de la familia de mi mujer: Y lo que más me sorprende
es que jamás he recibido queja alguna de mi trabajo, o más bien de mi no
trabajo. He estado en convenciones en las ciudades más importantes de país.
Incluso he viajado al extranjero como parte de la representación de la empresa.
Es cierto que en París tuve una actuación destacada gracias a mi dominio del
francés, gracias a mi anterior trabajo. Como recompensa el señor Jefferson nos
regaló la estancia en un hotel de lujo en la rivera francesa durante una
semana. Creo que fue la vez que más unido hemos estado Samantha y yo.
—¿No te habrás olvidado de la cena
de esta noche?
—No, ya te tengo a ti para
recordármelo.
—Ronnie me ha llamado para decirme
que el coche estará en la puerta a las nueve menos cuarto.
—Todo un detalle por su parte —ironizo—.
¿Crees que dejará que cenes con tu marido, o te acaparará como hace siempre?
—No seas idiota. Ronnie es un hombre
espléndido. Deberías darle las gracias por todo lo que ha hecho por ti. Por nosotros.
—Creo que de eso ya te encargas tú
todos los días desde que nos casamos.
—Y más que debías hacerlo.
Aprieto el botón para que la buena
de Donna me rescate.
—En fin, cariño, tengo que dejarte,
Florence reclama mi atención.
Donna entra servicial como siempre.
—¿Desea algo el señor? —pregunta con
cierto tonillo musical.
Le hago una señal para que espere.
—Quiero que llegues pronto. ¿Me has
oído? —me ordena mi mujer.
—Sí señora.
Cuelgo el teléfono.
—¿Tienes un vestido de cóctel?
—Para qué quiero un vestido de
cóctel. Jeffrey y yo no vamos a las mismas fiestas que usted.
—Pues esta noche vamos a poner
remedio a eso. Llama a tu marido y dile que tienes una cita con tu jefe.
—No creo que le haga mucha gracia.
—No me obligues a ejercer de jefe
malvado.
—De verdad señor Foster, no puedo...
—Sé lo que vas a decir, puedes
tomarte la tarde libre. No creo que tengan problemas por prescindir de nosotros
esta tarde. Básicamente es lo que llevan haciendo durante los tres últimos
años.
—Muchas
gracias, señor Foster.
—Gracias a ti. Vas a ser mi acompañante.
—¿Y la señora Foster, es que no va?
—Por supuesto que va, pero ella será
la acompañante del señor Jefferson. Quizá no de manera oficial.
—Entiendo. Quiere que vaya para no
aburrirse solo.
—Dicho así suena muy feo.
—¿Y cómo quiere que lo diga? —me
pregunta con esa sonrisa que no solo deja en pañales a Peter.
—Te lo compensaré de alguna manera.
—¿Me va a invitar una semana a la
riviera francesa?
—Tenía en mente algo más modesto.
—Ya sabía yo que usted... —dice en tono
de burla.
En ese momento suena el teléfono.
—Despacho
del señor Foster —contesta Donna desde mi teléfono—. Sí un momento ahora le
paso señor Jefferson.
Pasados unos segundos me tiende el
teléfono.
—¿Señor Jefferson? ¿Qué puedo hacer
por usted?
—Llámame Ronnie. ¿Por qué no
quedamos para almorzar? Invito yo.
—Me parece bien.
—Quedamos en Di Marco sobre la una.
—Me parece perfecto.
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