Mi Otra Vida. Capítulo 2


2










            Antes de salir arreglé todo para que Donna tuviera una invitación, y que un coche de la empresa fuera a recogerla a su casa. Por supuesto que hice hincapié en que se llevara a su marido, pero Donna alegó que él estaría mejor viendo el partido sin que ella lo molestara. Viéndolo por el sentido práctico, a mí, me venía de perlas. Podría acaparar a Donna y no tendría que aguantar al pelma de Jeffrey.
            Di Marco es un restaurante con cierto aire italiano, algo sobrevalorado, y mucho menos finolis de lo que el señor Jefferson cree. Sin embargo, todo hay que decirlo, la pasta está al dente y no demasiado pasada como ocurre en otros sitios, que tiene más fama que el restaurante elegido por Ronnie.
            Espero en la barra a que aparezca el señor Jefferson. Se pueden escribir varios libros sobre los defectos de Ronnie, pero la falta de puntualidad no estaría entre ellos, sin embargo, no se puede decir lo mismo de gustos a la hora de combinar corbatas y camisas. Desde que se divorció de su segunda mujer, hace ahora aproximadamente dos años, no ha vuelto a vestir bien.
            —¿Cuanto tiempo hace que no hablamos? —me pregunta mientras me pasa el brazo por el hombro como si fuéramos dos viejos camaradas.
            —Si te refieres a lo estrictamente laboral. Tres años. Desde que estuvimos en París.
            —Lo recuerdo. Estuviste magnifico.
            —Me limité hacer de interprete. Si Peter no se hubiera pasado de cariñoso con la interprete no hubiera hecho falta mis conocimientos de francés.
            —Lo cierto es que Peter tiene la mano muy larga con las secretarias.
            —¡Pregúntale a Donna!
            —¿Donna?
            —A mi secretaria, Florence. Yo la llamo Donna en plan de broma. Se da un aire a Donna Reed.
            —Ahora que lo dices sí que se da un aíre. En cualquier caso, hiciste un buen trabajo allí.
            Nos sentamos en una mesa algo alejada de la puerta principal. El camarero enseguida se acerca para tomarnos nota. Ronnie se adelanta y pide para los dos; Linguine al pesto, y una botella de vino californiano.
            —Le tienes aprecio a la chica. ¿Cómo has dicho que se llama?
            —Florence. La verdad; es trabajadora, eficiente, tiene sentido del humor. Y, por si fuera poco, es bastante mona, no me extraña que le tenga absorbido el poco seso que tiene Peter.
            —¡Hombre, no compares a Samantha con esa chiquilla! —dice el señor Jefferson—. ¿No me digas que tú la prefieres a ella que a tu mujer?
            —Por supuesto que no —mentí. Entre la Samantha que yo conocí hace seis años, y Donna no habría color. Sin embargo, con la actual habría más discusión. Quizá en el apartado físico sea una cuestión de gustos. Pero como caracteres, eso es otra cuestión.  Ronnie es casi parte de la familia de mi mujer así que hay que andarse con pies de plomo a la hora de emitir juicios.
            —Samy es una mujer de bandera. Se mire por donde se mire. Y no hace falta que te diga que es como de la familia. Tampoco hace falta que te recuerde que tú estás donde estás gracias a ella.
            —Aunque le pueda parecer chocante no soy tan estúpido como para no darme cuenta de la situación en la que me encuentro.
            El señor Jefferson hizo una leva pausa para estudiar mi expresión. Quizá no esperaba esa reacción de mi parte. O puede que simplemente estuviera tanteando el terreno.  
            —La cena de esta noche es un acto de suma importancia para el futuro de la empresa.
            —Me hago cargo de ello.
            —Me sería de gran ayuda que Samantha estuviera conmigo. Sé que esto es una faena para ti. Sé lo aburridos que pueden ser estos saraos sin compañía. Pero créeme que hay demasiadas cosas en juego.
            Las explicaciones del señor Jefferson cada vez me parecen más peregrinas. Y la conclusión a la que llego; es que me quieren, pero lejos. Debería plantearme; por qué trabajo en una empresa como un ejecutivo, gano más dinero del que necesito y tengo una secretaria que en realidad cuyo único pasatiempo es leer las revistas del corazón.
            —Bien, qué puedo decir, soy hombre de empresa. Además, a Samantha le encantan estas reuniones. Puede que más que a mí. Por no hablar de lo que disfruta siendo el centro de las miradas, y desde luego lo será más contigo que conmigo.
             




            Al tener la visión de Samantha deslizándose por las escaleras que dan acceso a la entrada principal, me viene a la cabeza el porqué me enamoré de ella.
            —Estás preciosa.
            —Gracias.
            Se ha recogido su melena castaña con una diadema que hacía juego con sus pendientes, que a su vez hacen juego con el collar que le regale dos años atrás. Pero aún, me seguían maravillando sus ojos color miel. Siempre ha tenido la habilidad de saber sacarse partido. Claro eso no quiere decir que no sea unas de las mujeres más guapas que he conocido.
            —¿Nos vamos? —dice Samantha nada más oír llegar el coche que nos llevará hasta la recepción.




            Franqueamos la puerta principal una vez que se comprueban nuestras acreditaciones. Ronnie nos espera impaciente a nuestra llegada. Querrá presumir de acompañante. Así que, durante unos minutos, que se me hacen más largos que una condena a cadena perpetua, tengo que esperar la que llegada mi verdadera acompañante.
            Donna aparece como una muñequita de porcelana. Sus ojos azules resaltan gracias al maquillaje sobrio. Su melena azabache plegada a un lado de la cabeza, rematada con un adorno floral, que le otorgaba un aire más juvenil si cabe.
            —¡Vaya! Estás muy elegante.
            —Está mal que lo diga yo, pero mi marido ha dejado de ver la televisión por espacio de cinco segundos, luego a dicho; que te diviertas cariño, y ha seguido viendo el partido.
            —¿Sabe tu marido que ponen más cosas en la televisión que partidos?
            —Claro, los resúmenes de los partidos. ¿Champán?
            Mientras nosotros vamos a la barra, el señor Jefferson con Samantha colgada del brazo, reparte saludos a los consejeros e invitados de relativa importancia para nuestra empresa. Como no podía ser de otra manera, y para eso estaba allí mi esposa pasa a ser la atracción principal de la feria. Algo que ciertamente me molesta y que, para mi avispada secretaria, no pasa desapercibido.
            —Siento que tengas que cargar conmigo.
            —Te equivocas, seres tú la que carga conmigo.
            —Entonces sácame a bailar.
            —No hay música.
            —Vaya mierda de fiesta a la que me traes            —replica divertida.
            Quizá es un poco exagerado por su parte, pero no le falta razón, así que me encamino hacia el grupo musical que aún parece que no están dispuesto a amenizar la velada.
            —¿Que tal si empiezan a tocar algo de música suave? Bueno eso es lo que me ha mando el señor Jefferson.
            Como poseídos por el espíritu de algún viejo maestro del jazz comienzan a tocar. O puede que sepan quién paga la fiesta.
            —No está mal —se burla Donna—. La pregunta es; sabes bailar esto.
            —Por supuesto.
            —Entonces a qué esperamos.
            Durante unos minutos somos el centro de las miradas, mientras la mía está fija en Samantha que, reparte sonrisas y saludos a todos los que a Ronnie, como un reyezuelo, van a presentar su pleitesía. 
            Ese momento de doy cuenta de que el señor Jefferson me hace señales para que me reúna con ellos. Algo que este instante me toca las narices más de lo que me habría supuesto en la vida.
            —Lo siento, pero Ronnie quiere hablar con nosotros.
            —Dirás contigo.
            —Hoy eres mi pareja.
            —No creo que eso le haga mucha gracia a tu mujer.
            —No soy capaz de entender por qué no os lleváis bien.
            —Anda, vamos, no hagamos esperar al jefe.
            Llegamos al corro que se ha formado entorno al señor Jefferson, que nos hace pasar a su interior mientras las miradas de todos confluyen en nosotros. O acaso cabría decir más concretamente en mí persona. Algo que no me molesta, pero me incomoda.
            Samantha vuelve a mostrar su sonrisa. ¿A caso está orgullosa de mí, o es que se lo ha pedido el jefe? Tampoco me importa.
            —El señor Foster, uno de nuestros mejores delegados —anuncia Ronnie con cara de complacido.
            —Mucho gusto. Soy el señor Waterfall —me saluda un hombre alto, con el pelo canoso y una mirada tan fría que podía helar las copas de champán de proponérselo.
            —El placer es mío —replico sosteniéndole la mirada— Por cierto, ella es Florence.
            Donna le tiende la mano de forma mecánica. Desde luego está obnubilada por la mirada de aquel tipo, que no me quita el ojo ni siquiera para darla mano a mi acompañante.
            Se produce un punto muerto entre los saludos, las presentaciones, y demás actos protocolarios que tanto Waterfall y yo aprovechamos para estudiarnos mutuamente. Por supuesto que todo ello con la mayor de las discreciones. Nadie quiere que se saquen conclusiones equivocadas.
            —¿Y usted qué función tiene en la empresa? —le pregunta un anciano a Donna que no le ha quitado el ojo de encima desde que nos hemos reunido con ellos.
            —Es la coordinadora de dirección —me adelanto a lo que pueda decir Donna algo superada por la pregunta—. Si nos perdona un momento, gracias.
            Me llevo a la nueva coordinadora para hacer un aparte.
            —Voy a estar en el bar un trato. Quiero que entretengas un rato a Samantha y al señor Jefferson.
            —¿Por qué?
            —No sea coñazo, y has lo que te pido, por favor.
            Sus ojos azules me escrutaron. Seguro que no entendía a qué tanto misterio, pero como de costumbre, no dice nada, y se marcha a cumplir con la misión encomendada.




            Tengo que salir de la sala principal para encontrar una barra solitaria, donde un camarero con cierto aire a Clark Gable, será por el pelo engominado, la chaquetilla blanca y el bigotillo sobre su labio superior demasiado fino, saca brillo a un vaso con una servilleta de hilo blanco. Le pido un whiskey, aunque no tengo tiempo para saborearlo. Waterfall me sigue hasta la barra.
            —Ha sido toda una sorpresa encontrarte aquí. La verdad es que no te hacía en la ciudad.
            —Sí, ha sido un gran cambio para mí. Pero hay que amoldarse a las circunstancias.
            —¿Qué tomará el señor? —le pregunta el barman.
            —Lo mismo que él —después se gira hacia mí, añade—. Sí claro, ya me ha dicho el señor Jefferson que estás casado. Muy guapa, por cierto.
            Waterfall da un trago a su copa.
            —Sí que lo es.
            —Vamos, Foster. No creo que hayas dejado todo por una muñeca. Ése no es el Foster que yo conozco.
            —El que tú conocías lo dejó. Ahora son un hombre de negocios, y un fiel marido.
            —Pues esa tal Florence te mira como...
            Me giro hacia Waterfall con cara de pocos amigos.
            —Si sabes lo que te conviene; a ella ni la menciones.
            —Bien. Muy bien. El día que te hartes de todo esto y quieras recuperar tu otra vida, la de verdad ya sabes dónde encontrarme.
            —Gracias. Pero lo he dejado.
            —Eso dicen todos, pero acaban volviendo al redil o muertos.
            —¿Es una amenaza?
            —Es un hecho. Gracias por la copa.
            Waterfall se marcha con paso ligero. Supongo que no es bueno que nos vean juntos. Ni siquiera por lo viejos tiempos. Aunque más que eso, ha sido una amenaza velada.
            —¿Qué haces aquí? Llevo un rato buscándote     —dice Samantha con ese tono de chica encantadora al reunirse conmigo.
            —Tomar una copa de verdad. Ya sabes que el champán me acaba dando dolor de cabeza.
            —Cariño, creo que deberíamos volver a casa.
            —Ve tú, yo tengo que acompañar a Florence. No quiero que vaya sola a casa a estas horas. Puedes pedirle a Ronnie que te acompañe.
            —Yo tenía otros planes para nosotros.
            —Seguro que pueden esperar una hora.
            —Como quieras —replica Samantha como una niña a la que no le dejan jugar con el juguete elegido.




            Durante la media hora que ha durado el trayecto de vuelta a casa de Donna no hemos hablado. Hemos cruzado un par de miradas, pero ninguno se ha atrevido a romper la barrena que mi forma de actuar durante la recepción se ha interpuesto entre nosotros.
            —Si vas a cambiar de empresa me gustaría que contaras conmigo —dice Florence—. Claro que me gustaría que me subieras el sueldo. Quiero mudarme de casa con Jeffrey. Algunas veces pienso por qué me casé con él. Pero no me imagino mi vida sin él. Es más, si me dieran un aumento de sueldo estoy convencida de que poder apartar a Jeffrey de la televisión el tiempo suficiente como para que me haga un hijo.
            —¿Por qué pensáis todas las mujeres que un hijo es la solución para todos los problemas?
            —No creo que solucione una mierda mi situación con mi marido, pero me haría muy feliz. Y eso es lo único que cuenta para mí.
            —Poco práctico.
            —Poco realista. No me van a dar el aumento.
            —Tampoco me voy de la empresa.
            —Y el señor ese, ¿cómo se llama?
            —¿Waterfall?
            —Sí ése.
            —Olvídate de él. No nos interesa.
            —¿Nos?
            —Exacto. Si te llama en los próximos días le dices que estoy ocupado. Gánate el aumento e inventa algo creíble.
            —Te tomo la palabra. Ahora me voy a ver qué hace Jeffrey.
            Florence abre la puerta del coche, y se apea del vehículo concierto estilo.
            —Por cierto, bailas muy bien —miente Donna.




            Al legar a casa Samantha me está esperado en la cocina. Todas las reminiscencias de la chica de la fiesta han desaparecido. Ni maquillaje, ni vestido, ni peinado, solo la chica de la que me enamoré.
            —¿Por qué no tenemos un hijo?
            —No creo que este sea el mejor momento. Además, no creo estar preparada para ello.
            —Nadie está preparado para ello.
            —Ya hemos hablado de esto otras veces.
            —Hace un par de años.
            —Bueno, nada ha cambiado —replica Samantha—. Estoy cansada, me voy a la cama.
            —¿Y los planes que teníamos para después? ¿Qué ha pasado con ellos?
            —Que has preferido acompañar a esa pánfila a su casa. Eso es lo que ha pasado.

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