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En los dos últimos días he dormido
poco y mal. Todo lo relacionado con la recepción del señor Jefferson tiene el
mismo efecto que una ulcera de estómago. He hecho muchos esfuerzos para dejar atrás
un pasado del que no estoy especialmente orgulloso. O, puede que Samantha me lo
haga ver así. No ella, sino los posos que me deja pensar en ello mientras ella va
y viene por la cocina, mientras vemos la televisión acurrucados el uno en el
otro. O cuando hacíamos el amor. Pero también hay algo más. La conversación con
Samantha en relación a tener hijos, me dejaba una sensación de impotencia que
puede durarme varías semanas, tal y como ha pasado la última vez. Así que, por
todo ello, he decidido venirme a la casa que tengo en Laurence Harbor, mientras
Samantha visita a sus padres. Ella desconoce la existencia de esta propiedad.
Es lo único que conservo de mi vida anterior. La casa y un viejo Mustang de los
tiempos en los que me creía tan duro como Steve McQueen.
La casa está igual que como la deje.
Tengo una persona encargada de ventilar de vez en cuando, regar el jardín y
toda una serie de cosas que desde la distancia son imposibles de hacer. Sé que
de vez en cuando, Alan aprovecha la ocasión para venir con amiguitas. Pero si
yo tuviera veinte años también aprovecharía la ocasión. Lo único que respeta es
el coche. Entre otras cosas por que no tiene la llave. Y si se le ocurre tocar
si quiera la lona protectora lo mato. Otra ventaja de tener a Alan es que
siempre hay cerveza fría en la nevera.
Desde la terraza se puede ver el
mar. Una mancha azulada poco amistosa, aunque hay turistas dispuestos a dar
otra versión. La misma de los dueños de los veleros que surcar las aguas de la
zona. Por mí pueden navegar desde aquí hasta Tierra del Fuego.
Entro en la cocina para prepararme
la cena. Estoy harto de comida sana. Samantha se empeña en comer como las
vacas. Pasto. Yo esta vez voy a comer la vaca. O al menos una buena hamburguesa
cien por cien de vacuno comprada especialmente para la ocasión. Hace tiempo que
no hago una barbacoa. Y como no estoy seguro de que Alan tenga todo lo
necesario me la haré en la sartén.
Miro por la ventana.
Hay un coche negro aparcado en la
otra acera. Se parecen demasiado a los que usábamos para hacer vigilancias.
Creo que el inesperado reencuentro con Waterfall y su velada amenaza, me ha afectado
más de lo que había creído en un principio.
Ya no me apetece tanto una
hamburguesa. Prefiero un buen trago de Bourbon. Para eso tendré que salir hasta
el puerto deportivo. Será una buena manera de saber qué hace ese coche por
aquí. Por supuesto, sacar mi deportivo de importación, y que comparto con mi mujer,
es una mala idea si quieres pasar desapercibido, así que he cogido un Honda
Civic de la empresa. Están a disposición de cualquiera que lo necesite, pero la
mayoría de los consejeros tienen sus deportivos o su coche con chofer, así que
hay donde elegir.
Tras
un breve paseo de cinco minutos en coche estoy en el bar Flannigan. No están sofisticado como el hotel donde tuvo lugar la
convención del señor Jefferson, pero para tomar una hamburguesa y un trago es
más que suficiente.
Compruebo que no hay ni rastro del
sedan negro. Sin embargo, poco después entra un tipo de traje con cara de pocos
amigos. Se pide una Coca–Cola y se entretiene en mirar la televisión. Eso hace
que me venga a la memoria el marido de Florence.
La especial de la casa lleva huevo,
beicon, y no sé que salsa secreta. La verdad es que no hay mucho que pensar.
Ellos tienen hamburguesas, y yo quiero comerme una. Así que encargo la especial
y una cerveza bien fría. ¿Qué sentido tiene la cerveza caliente?
—No se arrepentirá, amigo.
—Eso espero. Por cierto, me puede
decir quién juega.
—Los Pistons contra los Celtics
—dice el tipo del traje.
—Tiene teléfono. He olvidado poner a
cargar el móvil.
—Claro, a la vuelta de la esquina —me
indica el camarero señalando la dirección de los baños.
—Gracias.
Marco el número privado de Donna.
—¿Dígame?
—Hola encanto, soy yo.
—¿Foster?
—Eso es.
—¿Dónde andas? ¿Y por qué me llamas
con un teléfono fijo?
—Haces más preguntas que mi madre.
¿Me ha llamado Waterfall?
—Sí. Ahora que lo dices te llamó
ayer.
—¿Qué le has dicho'
—Que estabas en una convención. Lo
mismo que al señor Jefferson.
—Muy bien. ¿Si tuviera que apostar
entre Pistons y Celtics por quién lo harías?
—Celtics,
aunque no apostaría todo mi dinero. ¿Se puede saber dónde coño estás?
—De vacaciones. Si llama Waterfall,
llámame a mi móvil privado.
Cuando llego a la barra la
hamburguesa con todo su acompañamiento ya estaba esperándome. Le doy un buen mordisco.
—Amigo, tenía razón. Es la mejor
hamburguesa que he probado en dos años.
En realidad, era la única que había
probado en ese tiempo. Tal vez por eso me estaba sabiendo a gloria bendita.
—Se lo dije. Nuestras hamburguesas tienen fama
por aquí.
—Lo pinta tan bien, que me ha
entrado ganas de pedir una a mí también —dice el hombre del traje—. Por cierto,
me llamo Robertson
Me tiende la mano, después de limpiarme
debidamente con una servilleta, se la estrecho.
—Jackson, contratista.
—¿Cuál es tu especialidad?
—Arreglo cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—De todo. Se puede decir que soy un
todo terreno.
—Es bueno saberlo.
—Creo que van a ganar los Celtics.
—Yo no apostaría por ello —dice
Robertson.
—Bien, no lo haré.
Dejo
un billete de veinte en la barra, y salgo del local. Miro a ambos lados de la
calle de manera disimulada. No hay ni rastro del sedan negro. Aunque no creo
que la presencia del tal Robertson sea una casualidad.
El camino de vuelta lo hago con
tranquilidad. Es de noche y no puedo saber si el sedan me ha seguido, o no. Aunque
tampoco tiene demasiada importancia, porque a estas alturas Waterfall estará al
corriente de todos mis movimientos.
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