4
Esta mañana, al contrario que la
mayoría de los días, Samantha se ha quedado en casa cuando yo he salido hacia
la oficina. Por supuesto que no me preguntó por mi escapada. Ya no porque no
tuviera conocimiento de la casa, sino porque en los últimos meses creo que nos
hemos distanciado.
Quizá no apostaría dinero por la
victoria de los Celtics, pero estoy
seguro de que Waterfall está detrás de la aparición del sedan. Debería andar
con cuidado a partir de ahora.
—Buenos días jefe, te veo algo
despistado en los últimos días —me saluda desde la puerta Donna.
—¿Qué quieres Florence?
—Vaya, ya veo que el horno no está
para bollos, señor Foster —replica borrando su sonrisa y sale del despacho.
Si fuera un tipo autoritario y
rencoroso saldría a cantarle las cuarenta a mi secretaria, pero en realidad soy
agradecido, y leal con mis amistades. Amistades que puedo contar con los dedos
de una mano y como suele decir en estos casos; me sobran dedos. Y precisamente Donna
es una de ellas.
—Lo siento —me disculpo mientras me
siento en su mesa—. Hay ciertas cosas que tú no sabes de mí y que de momento
prefiero que no sepas.
—Así que ese halo de señor misterioso,
no son imaginaciones mías.
—Tampoco es para tanto.
—¿Y tiene que ver con el señor
Waterfall?
Vaya, me sorprende. O, mejor dicho;
no me sorprende lo aguda que es esta mujer. Muchos por aquí la tiene como una
mosquita muerte. Y muchos harían todo lo posible para llevársela a la cama.
—Ya que quieres saberlo te lo
contaré; soy un asesino a sueldo pagado por la CIA , y Waterfall era mi superior.
—Ya—dijo con tono de incredulidad—. Si
te ha causado algún problema que me acompañaras a casa la otra noche con
Samantha, puedo hablar con ella. Ya sé que no somos muy amiga, por no decir que
nada. Pero eres buen tío, y no quiero que tengas problemas con tu mujer por mi
culpa.
—Muchas gracias. Le tendré en
cuenta.
—¿Desde cuándo te interesan las
apuestas?
—No me interesan. Sólo era una
conversación de bar.
En la sala de juntas Ronnie se
vanagloriaba de lo bien que había ido la recepción. La empresa está a punto de
recibir una importante inyección de capital, gracias a la intervención del
señor Waterfall. Ese fue el resumen que me hizo Peter segundos después que yo
entrara algo tarde y despistado.
Todo era muy confuso para mí. ¿Qué
hacía Waterfall subvencionando una empresa como la nuestra? ¿Tanto me echaban
de menos como para querer contralar mis pasos? ¿O todo era una simple
causalidad? Era evidente que, si yo había renunciado a mi vida pasada, él
también podría haberlo hecho. Sin embargo, mi experiencia me dice que las
casualidades para hombres como nosotros no existen. Quizá las casualidades bien
calculadas. Claro que por otra parte es a lo que se ha dedicado Waterfall toda
su vida.
—Quiero expresar públicamente mi
agradecimiento al señor Foster a su encantadora esposa. Gracias a ellos hemos
conseguido la cantidad suficiente como para ampliar nuestros horizontes.
—Más bien tiene que agradecérselo a
Samantha. Yo sólo hice de carabina para Florence.
—Sí, eso es una cosa que no me
explico. Qué hacía ella en la recepción —dice Peter.
—¿Estás celoso porque no bailó
contigo?
—No digas tonterías, Foster —me
reprende Peter con un tonillo que me demuestra que sí lo está.
—En cualquier caso, hemos de
reconocer que Samantha fue de gran ayuda —concluye el señor Jefferson.
Suena el teléfono de la sala de
juntas.
—¿Sí? ¿Cómo dices? —Ronnie me mira
sorprendido sin apartar el auricular de su oído—. Muy bien, ahora mismo va.
—Foster, es el pesado de tu primo.
—¿Mi primo?
—Eso ha dicho Florence.
—¡Ah, mi primo! Sí, es un autentico
coñazo
Salgo de la sala de juntas en
dirección a mi despacho con Waterfall en la cabeza. Sin duda no puede ser otro.
—He intentado darle largas, pero no
he podido. No me gusta ese hombre, sea lo que sea para ti.
—Mejor no lo quieras saber. Pásalo a
mi despacho.
Me tomo unos segundos antes de
responder.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Mejor di que puedo hacer yo por
ti.
—Ya te dije que ahora mismo tengo todo lo
que quiero.
—Pero yo puedo quitártelo. Sería tan
fácil como quitar un caramelo a un niño. Empezando por esa secretaria tuya y
terminando con esa mujer que colgaba el otro día del brazo del imbécil de tu
jefe. Supongo que no sabe quién eres en realidad, ¿verdad?
—Esto es entre tú y yo. No quiero en
las mezcles en esto.
—Las dos son parte de tu nueva vida
por lo tanto están en el juego. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
—Tú también sabes que hablo en
serio. Estoy retirado, pero recuerdo hasta la última lección que me habéis
enseñado.
—Ya tendrás noticias mías.
—Espero que no.
Una vez que Ronnie termina su
reunión se acerca hasta mi despacho, le dice a Donna que vaya a buscarle un
café al Starbucks de la esquina a
legando que la cafetera está estropeada. Los tres sabemos que eso no es cierto,
pero le hago una señal para que acepte el encargo, aunque eso me cueste alguna
que otra riña con ella. Así que de mala gana Donna se pone en camino.
—¿Tiene algún problema que yo
desconozca?—pregunta Ronnie.
—No sé qué os hace pensar que tengo
problemas.
—Últimamente estás un poco
descentrado.
—Llevo mucho tiempo aquí para saber
cómo funciona la empresa. Y la verdad es que quiero algo más de protagonismo.
Creo que estoy cualificado para hacer...
—Si no recuerdo mal.
—No me entiendas mal. No quiero
usurpar tus funciones. Es que algunas veces mi trabajo consiste en dirigir el
tráfico desde esta ventana.
—Estamos muy contentos con tus
informes. Son muy detallados. Tienes buen ojo para eso. Créeme que sé lo que me
hago.
Intento que mi cara no sea el espejo
del alma. Realmente me gustaría ser una parte más activa de la empresa. Sobre
todo, porque tengo que reconocer que las proposiciones de Waterfall no han
caído en saco roto como yo creía. Quizá eso se llama nostalgia.
—¿Con Samantha está la cosa bien?
—A parte de estar enfada por
acompañar a Florence a su casa, todo lo demás está como el primer día. Y eso
algunas veces me preocupa. A veces sabe mucho mejor que yo lo que quiero, o lo
que necesito.
—Eso es el amor.
—Demasiado perfecto. Tiene que haber
un tira y afloja, si no se convierte en monotonía.
—No
creo que se convierta en monotonía con Samantha, no sé si me entiendes por
dónde voy.
—Hasta el sexo se convierte en
predecible y aburrido.
—Creo que lo que necesitas es unas
vacaciones. Unas buenas vacaciones en el extranjero. Podías volver a París. Con
tu dominio del francés no tendrías problemas.
—Creo que es una magnifica idea. No
te he dicho que también hablo perfectamente el italiano, ¿verdad?
—No.
—Pues sí. Así que quiero un pasaje
para dos personas para Florencia. Una suite en el mejor hotel de la ciudad y un
coche a mí disposición. Vamos, el paquete habitual en estos casos.
—¡Vaya para tener que improvisar lo
has hecho muy bien!
—Ya te he dicho que aprendo rápido.
Esto es lo que hacemos aquí; negociar. Acciones, inversiones, dinero, o viajes
como el de la rivera francesa.
—Sabía que eras de los míos.
En ese momento llegó Donna con el Capuccino de Ronie.
—Gracias Florence, pero ya no tengo
ganas de café.
Acto seguido el señor Jefferson
salió de mi despacho convencido de haber hecho un negocio redondo, o al menos
eso cree él. Pero nunca hay que ir a una guerra sin balas.
—Trae un par de jarras y nos
repartimos ese café. Y luego te doy una buena noticia.
—Por fin te ascienden.
—No, mejor.
—¡A mí!
—No, mejor.
—Imposible.
—Ya lo creo. Vas a poder hacer ese
viaje que tanto quieres a la
Toscana.
—Un viaje de empresa no es lo mismo
que un viaje de placer.
—Claro que no. Aunque en este caso
sí que lo paga la empresa. Es un regalo para ti para tu marido, si eres capaz
de hacer que se levante de su sofá.
—¿De verdad? Si jeffrey no quiere
venir me voy sola. A no ser que quieras ir tú.
—Gracias, pero conozco bien esa zona
de Italia. Bueno no quiero presumir, pero conozco bien Italia.
Comentarios
Publicar un comentario