5
El tráfico en la Quinta Avenida a esa hora es lento,
como de costumbre. No obstante, soy previsor y salgo de la oficina con tiempo
suficiente. El taxi se detiene en el parking en el que nos hemos citado, y me
apeo del vehículo. He preferido venir por otros medios que entrar con mi coche.
Daría el cante como una elegante rosa en medio de la sábana. Es posible que
hasta alturas no haya lugar para esconderse, y Waterfall lo sabe.
El sedan negro, el mismo que estaba
en Laurence Harbor o puede que otro, aparece a la hora convenida en la tercera
planta. Se detiene en un rincón tan oscuro como una noche sin luna, y tan
recóndito que ni las cámaras de seguridad lo cubren. Algo que los chicos de la
agencia habrán tenido en cuenta.
Del coche se baja Robertson. Su cara
me hace que broten en mí antiguas sensaciones. No me gusta este tío.
—Al final perdieron los Celtic —dice Robertson desde la
distancia.
—Por eso no apuesto.
Llega un segundo coche del que se baja
Waterfall con aire triunfador.
—Sabía que antes o después acabarías
volviendo a la acción. Los hombres como tú, que lo lleváis en la sangre, no
pueden dejarlo ni por unas buenas tetas como las de tu mujer.
—Lo que más me jode es tener que
mentirle. Ella no se merece esto.
—Siempre tuviste una ética especial.
Quizá entre los ejecutivos con los que te codeas no sea muy apreciada nuestra
ética. Pero te seguro que al menos nosotros tenemos una—asegura Waterfall.
—Cierto—aplaude
Robertson.
—Si tú tuvieras ética me habrías
dejado en paz.
—Si tú la tuvieras no nos habrías
dejado por Samantha —dice mi antiguo jefe.
—Ella llegó después. Se puede decir
que fue la guinda del pastel.
—Muy poético —se burla Robertson,
que ya empezaba a cargarme.
—No puedes hablar de lo que no
conoces. Y con esa cara no creo que lo conozcas en tu vida.
—En eso estoy de acuerdo con Foster
—replica Waterfall.
—No creo que estemos aquí para hablar
de la cara de tu amigo.
—En eso también tienes. Quiero que
hagas un último encargo. No es nada complicado. Un tipejo está haciendo
negocios sucios con los malos. Usando su propia empresa para contactar con
posibles compradores de nuestros productos. Productos que sirven para matar a
nuestros chicos en el frente, como ya te imaginarás, no podemos consentirlo.
—¿Quién es el desgraciado?
—Te haremos llegar la información
por el conducto habitual.
—Entiendo.
—Bien, es un placer volver a contar
contigo. Saluda de mi parte a Samantha. Lo poco que hablé con ella es una mujer,
además de guapa, es inteligente. Tengo que reconocer que tienes buen gusto.
Waterfall se dirige a su vehículo
sin perder su aire triunfador. Me sonríe con cara de hiena antes de mete en su
coche.
Una vez que el coche de su jefe asciende
por la rampa, Robertson se encamina hacia su vehículo con paso lento. Antes de
entrar se gira hacia mí y añade;
—Dale recuerdos a esa muñequita de secretaria
que tienes. Está buena para ser tan poca cosa.
—Si veo que te acercas a ella, voy
hacerte una cara nueva. Créeme que no volverás a pensar en el amor porque no te
va a reconocer ni tu puta madre.
—Lo estoy deseando.
Después de mi encuentro con mi
antiguo jefe, Samantha me recordó a la mujer de la que me enamoré en su día.
Incluso regresó la pasión que habíamos ido dejándonos por el camino. Eso me ha
hecho dudar de mi decisión. Volver al camino azaroso, la senda que elegir
abandonar para ser un hombre más… un ser humano con sus pequeñas visicitudes
como cualquier otro, y que sin embargo parece que eso me es imposible. En este
negocio tener miedo o debilidad es la muerte segura. Lo sé bien porque siempre
he huido de tener relaciones que me hagan tener miedo o me debiliten. Sin embargo,
ahora, ese miedo, esa debilitad, tienen nombre de mujer.
Volver a la oficina y fingir mientras
espero el primer paso que desencadenará los acontecimientos futuros, se me hace
una pesada carga que intento disimular con Donna lo mejor que sé. Quizá antes
era mejor actor. O puede que no había más función que interpretar que un papel
de ejecutor. De hombre que aprieta el gatillo en nombre de un bien común. Puede
que eso también sea otra falacia, pero ayudaba a dormir por las noches. Hasta ahora también lo hago, pero mis desvelos
son por la gente que tengo alrededor. Personas que me importan, y que de haber
seguido la senda marcada nunca habrían formado parte de mi vida.
Dos semanas después, a media mañana,
apareció un mensajero que me entregó un pequeño sobre con una tarjeta, y la
llave de una taquilla.
La tarjeta decía; Taquilla 112 del aeropuerto.
Llevo aquí sentado más de media hora
observando el movimiento de los pasajeros. Nadie se ha acercado a la taquilla
en cuestión. Ni a esa ni a ninguna otra. Tampoco tengo noticias de Robertson.
Aunque si yo estuviera en el pellejo de Waterfall, le habría relevado.
Después de leer el periódico, y de
tomar un café cremoso, no tengo más remedio que acercarme a la taquilla. Miro
con simulo a todos los presentes, o al menos a los que están más ceca de la
112. Como era de esperar no parece que esté vigilada. Antes las cosas eran más
fáciles. Dos personas se citaban en un bar, se intercambiaban los informes y
aquí no había pasado nada. Con la tecnología eso cambió, pero los hackers han hecho que volvamos a la edad
de piedra. Poco menos que a la Guerra Fría.
Una vez me decido a abrir la
taquilla encuentro el sobre. Me imagino, como suele ser habitual en estos casos,
que encontraré todos los datos relevantes para llevar acabo la misión. No puedo
evitar sentir cierto cosquilleo en la boca del estómago. Una sensación que
creía desterrada para siempre. Supongo que hay ciertas cosas que siempre
formarán parte de nuestra existencia, ya sea porque nos hemos habituado a
ellas, o porque sin ellas nuestra existencia deja detener sentido.
Salgo del aeropuerto. No he querido
abrir el sobre hasta estar en un lugar seguro. Mi primera intención ha sido ir
directamente a casa. Pero he pensado que Samantha podría sorprenderme. Así que
decido ir a la casa de Laurence Harbor. Ruego para que Alan no haya organizado
una de sus fiestas. El tráfico me retrasa más de lo esperado. Al llegar a la
casa la encuentro tal y como la había dejado. Eso quiere decir que los chicos
de Waterfall no se han molestado en buscar nada sobre mi nueva vida. Deben de
tener muy claro que desde que estoy en la empresa del señor Jefferson no me he
dedicado a otra cosa.
En el garaje de la casa, una lona
protege al Mustang de las inclemencias del tiempo y de las manos de Alan. Le prometí
que si tocaba el coche me lo cargaría con mis propias manos. Al parecer he sido
muy convincente, porque no lo ha tocado.
Retiro la lona y abro el maletero.
Allí encuentro el maletín con las herramientas de trabajo. Una vieja Walter PPK
que guardo por el mismo motivo que el coche, por admiración al personaje de Ian
Fleming. Dos sus subfusles FAMAE SAF con silenciador, y un rifle de precisión
con mira telescópica para los trabajos a distancia. Aunque yo siempre he preferido
ver la cara del tipo al que vas a dar billete. No por falsa vanidad, ni por ser
más hombre, sino por asegurarte de que has hecho bien el trabajo.
Ya con el material revisado, me
encamino hacia la casa, no sin antes asegurarme de que nadie me observa una vez
más. Me dirijo a la cocina. Abro la nevera y me sirvo una de las cervezas. El
primer trago siempre es el mejor cuando está tan bien frías.
Salgo a la pequeña terraza con
vistas al mar. Me siento en una de las sillas que hace juego con la mesa de madera
rústica que tanto me costaron, y que nunca han servido para albegar una
auténtica familia. Y doy un segundo trago a la cerveza, esta vez, más para
templar los nervios que por otra cosa, y con gran parsimonia abro el sobre para
extraer la foto de mi objetivo.
No puedo reprimir si sorpresa al
reconocer al hombre en cuestión.
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