Mi Otra Vida. Capítulo 6.


6











            Todos los datos relevantes de Ronnie Jefferson están esparcidos sobre la mesa de la terraza de mi refugio en Laurence Harbor. Miro hacia la alfombra azul que es en este momento el océano, como pidiendo una explicación que no llega. Tengo que confesar que a pesar de todo no le proceso una gran simpatía, pero nunca que habría imaginado que la Agencia querría eliminarlo. Puede que después de todo, Waterfall tuviera razón, y Ronnie se hubiera vendido al enemigo. Ese enemigo que nadie ha visto su rostro, que nadie conoce su nombre, pero que nos atemoriza cada vez que salen noticias en la televisión. El gobierno se encarga de señalar sus orígenes, haciendo que el ciudadano de a pie comulgue con ruedas de molino por el bien común, sin saber en la mayoría de los casos, dónde, cómo y quién es la amenaza real.  
            No obstante, las vidas de personas que me importan más que el señor Jefferson están en juego. Sin embargo, hay algo turbio en todo esto. Precisamente lo que intentamos es tener el menor contacto posible con nuestro objetivo, ¿Por qué iba a ser yo el elegido para realizar esta misión dado que puedo tener afecto por el objetivo?
            Por más que le doy vueltas al asunto, no encuentro una respuesta que me satisfaga. Ni siquiera otra cerveza me ayuda a vislumbrar la clave del enigma.
            Por supuesto que cuando llego a casa no le comento nada a Samantha, quiero dejarla al margen de todo esto. Quizá el método tradicional, un disparo certero desde la distancia, sería lo más adecuado. Pero este trabajo tiene de especial que está lleno de trabas, y condicionantes que me imponen desde las alturas. Jamás en mis años de servicio la Agencia me ha puesto tantas premisas.




            Según llego a la oficina me encierro mi despacho, ni siquiera espero a que llegue Donna. Hasta ahora no había pensado en ello; en realidad qué sé de ella. Después de todos estos años, nunca he visto con mis propios ojos su marido. Ni siquiera he visto una foto de él.
            —¿Qué te pasa? No has venido ni a darme los buenos días.
            —¿Cómo estás Jeffrey?
            —¡Ah, no te lo he contado! Creo que vamos a tener suerte. Creo que ha encontrado un trabajo. No le van a pagar mucho, pero es mejor que tenerlo tirado en el sofá viendo la televisión todo el día.
            —Ya. Qué bien.
            —No pareces muy contento.
            —¿Tienes una foto suya?
            —Claro.
            —Quiero verla.
            —¿A qué viene eso?
            —Enséñame la puta foto de una vez.
            —¿Qué te pasa? —dice Florence mientras va a su mesa.
            Voy detrás de ella.
            —Toma, mira cuanto quieras —me tiende el móvil.
            Cojo el teléfono y voy directamente a la galería. Allí me encuentro con al menos una decena de instantáneas donde aparecen los dos como una pareja enamorada.
            —Muy guapos los dos.
            Le devuelvo el móvil, y regreso a mi despacho.
            —A ti te pasa algo grave, y no me digas que son imaginaciones mías. Nos conocemos lo suficiente.
            —¿Has vuelto a hablar con Waterfall?
            —¿Y por qué diablos iba yo ha hablar con ese hombre?
            —¿Confías en mí?
            —Me asusta que lo preguntes.
            —Voy a hablar con Jefferson.
            —¿Para qué?
            —Prepara la maleta. Te vas de vacaciones.




            Ronnie está en si despacho, hablando por teléfono con un cliente muy especial me dice su secretaria cuando irrumpo en su despacho.
            —Un momento, por favor —le dice a su interlocutor y tapa el micrófono con la mano—. ¿Se puede saber qué haces?
            —Tengo que hablar contigo.
            —¿No puedes esperar?
            —Lo siento, es urgente.
            —Tengo una urgencia. Luego te llamo —dice Ronnie antes de colgar el teléfono fijo—. Bien, tú dirás.
            —Quiero cogerme esos días para ir a Florencia. Los quiero mañana. Por cierto, no sé qué le pasa a Florence así que la he mandado a su casa. Creo que también necesita unas vacaciones. Tiene problemas con su marido. Están fatal. Creo que se van a separar.
            —Bien. Si lo crees oportuno. Creía que te llevabas bien con ella. Si quieres que te mande otra secretaria.
            —No. Con un descanso será suficiente.
            —Mi secretaria te hará un buen plan para que puedas visitar Florencia y sus alrededores.
            —No es necesario, Florence se encargará de todo. En un par de horas estaremos los dos de vacaciones. Ella se irá con su madre a Florida y yo de camino a Florencia con Samantha.
            —Solo queda decirte que; los pases bien. Seguro que a Samy le gustará mucho todo aquello. A mí me encantó cuando estuve.
            —Sí, me han dicho que es precioso. Muy romántico.
            —Sí que lo es. ¿Creía que habías estado?
            —He estado en Italia, pero nuca he ido a la Toscana.




            Donna recoge sus cosas tan rápido como puede. Seguro que no entiende lo que estaba pasando. Pero no esta dispuesta a perder el viaje de su vida por quedarse a averiguarlo. Ha hecho reservas en un hotel cercano al centro de Florencia, y en sendos pasajes para la cuidad de Da Vinci. Por mi parte, tengo el resto de la semana para prepararme. Aunque no hay mucho margen para la improvisación. La misión está bien definida. Ronnie tiene que asistir a una reunión importante en el Hilton de la calle 42. El asunto no será muy complicado; ir a la habitación número 323 y acribillarlo a balazos. Después desaparecer, como he hecho muchas otras veces.   
            Sin embargo, tengo una sensación que hasta ahora nunca había experimentado. Donna y su marido fuera de concurso, sólo debo de preocuparme de Samantha. Quizá es ella la que me produce esa sensación. Una pieza que está fuera de su sitio. O puede que encaje demasiado bien en todo el asunto.
           



            Regreso a por el Mustang a la casa de Laurence Harbor. Seguramente si Waterfall, o algunos de sus chicos me está siguiendo sabría de la existencia el coche, cosa que mi mujer ignora. Eso me dará ventaja si tomo la decisión de seguir sus pasos durante un par de días. Así que lo dejo en uno de los parkings cercano a la oficina y regreso a casa con el Honda Civic.
            —Hola cariño —me saluda mi mujer nada más entrar por la puerta.
            —Creo que es la primera vez que te encuentro en casa...
            —He salido antes —me interrumpe.
            —A eso me refiero.
            —Me ha llamado Ronnie para decirme que nos vamos a Florencia unos días.
            —No en realidad es mi secretaria la que se marcha. Tiene problemas con su marido.
            —¿Le has dado nuestro viaje a tu secretaria?
            —Se lo ha ganado durante todos estos años. Además, nosotros podemos ir cuando queramos.
            —Te has vuelto loco.
            —Puede. Voy a estar una semana de vacaciones.
            —¿Qué vas a hacer?
            —Ver la televisión. Y puede que jugar al golf.
            —Tú no sabes jugar al golf.
            —Tomaré clases.
            —Estás descontrolado.
   

Comentarios