Mi Otra Vida. Capítulo 7


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            Todos los hombres tenemos una determinada forma de hacer las cosas, desde sacar al perro hasta hacernos un sándwich. Y el sexo no es menos. Pero he de reconocer que desde que conocí a Samantha eso también ha cambio. No es que me haya convertido en un experto en la materia. O puede que sólo hayan cambiando mis prioridades. Tal vez por eso, por que mis prioridades han cambiado no me siento como un despreciable por seguir a mi mujer por toda la ciudad. Se ha convertido en mi objetivo. O al menos en un punto a tener en cuenta. Una nueva variable que puede alterar toda la visión de conjunto.
            Su coche avanza a buen ritmo entre el tráfico de la ciudad, sin sobresaltos. Tal como lo haría cualquiera que no saben que le van siguiendo. Solamente he tenido que pisar el acelerador más de la cuenta para no quedarme atrapado en un semáforo que ha cambiado antes de que pudiera pasar. Después la he seguido hasta el puente de Brooklyn. Esa parte ha sido la menos complicada, gracias a que nunca me ha visto con el Mustang. Incluso me he permitido el lujo de adelantarla, sé que ha sido una imprudencia por mi parte. Si me hubiera reconocido se habría ido todo al traste. Así que me oculto entre una furgoneta de gran tamaño y un autobús escolar, para que me vuelva a pasar, para acto seguido volver a colocarme detrás de ella a una distancia prudencial. Una distancia que no levante sospechas y que me permita margen de maniobra.
            De repente, salido de la nada, o puede que también camuflado entre el tráfico aparece un sedan negro, que bien podría ser de Robertson y se sitúa entre nosotros. Lo único que puedo hacer es darles más espacio. Tanto espacio que prefiero perderlos a que me acaben reconociendo.
            Después de todo ocurre lo que me temía. Al coger la salido hacia Brooklyn, pierdo a ambos coches. Así que cuando llego a Atalntic Avenue, decido tomar la calle. A esas horas está despejada, por lo que no tengo problemas en recorrer quinientos metros hasta que encuentro un hueco donde parar el coche. Lo medito un momento. No me gusta darme por vencido tan a la ligera. Sin embargo, hay una cafetería a unos diez metros que tiene buena pinta. Será le primera vez en mucho tiempo que pueda tomarme un espresso sin que Donna esté por medio.
            Salgo del coche y me encamino a la cafetería dando vueltas a la posibilidad que he perdido. Quizá sea deformación profesional, pero me pica la curiosidad. ¿Samantha se había citado con Robertson? ¿O era una simple coincidencia? Nunca he creído en las casualidades.
            La señorita me sonríe mientras me planta delante el café expreso.
            —Gracias por venir a De Pablo´s, y que tenga un buen día.
            —Igualmente, —leo la chapita con su nombre— Kimberly.
            Me siento en una de las mesas que dan al escaparate. Siempre me gusta ver pasar a le gente. No sólo tienes la oportunidad de ver alguna mujer de bandera, sino que puedes ver a tipos que te recuerdan que tú no eres como ellos. Aunque durante algún tiempo, he jugado a ser como ellos.
            Una furgoneta con un gran anuncio de una conocida marca de alarmas se para justo en frente de mí. Nunca he sido de la opinión de tener alarmas. El que quiere, sabe cómo saltárselas. Por eso me costó tanto ponerle al coche el servicio de GPS de la aseguradora. Aunque ahora me iba a ser útil de verdad.
            —Aseguradora DFK, habla con la señorita Anderson, en qué puedo servirle.
            —Hola, soy Eduard Foster. Verá tengo contratado el servicio de GPS con ustedes, y he perdido mi coche. Serían tan amables de decirme dónde he dejado el Porsche, la verdad es que soy muy despistado. Mi número de póliza es 22413.
            —Espere un momento señor Foster.
           



            Tuve que esperar al menos cinco minutos antes de que la señorita Anderson me informara de la localización del coche. No estaba muy lejos, en Union Street. Después de pasearme por la calle he encontrado el Porsche junto al seden negro.
            Me bajo del Mustang a unos doscientos metros de la posición, intentando pasar desapercibido. Aunque no creo que Robertson esté pendiente de mí. A unos cien metros descubro a Samantha en una cafetería. Está hablando con un tipo que no logro ver la cara, aunque por su indumentaria puedo imaginar que se trata de alguien de la Agencia. Parecen todos cortados por el mismo patrón.
            Me acerco un poco más.
            El hombre se gira hacia el escaparate y me ofrece un plano frontal de su cara. No es Robertson como yo me había pensado, aunque también reconozco su cara. Eso me hace pensar que Robertson no estará muy lejos, y lo que mejor puedo hacer es volver al coche antes de ser descubierto.
            Busco en la bolsa que llevo en el asiento del pasajero la mira telescópica del fusil de precisión, quizá si me acerco con el coche podré ver mejor. Aunque creo que ya he visto suficiente para formarme una idea clara de qué clase de mujer es Samantha.
            Saco el móvil de la chaqueta, y marco el número de Florence.
            —Hola jefe, nos coges en el aeropuerto. Jeffrey te da las gracias por este regalo, aunque ha tenido que rechazar el trabajo. Espero que cuando regresemos encuentre algo.
            —Me alegro por vosotros. Bueno, no es verdad. Me alegro ti. Te llamo porque es posible que no vuelva a la oficina. He encontrado algo mucho mejor. No sé, quizá no sea definitivo...
            —¿Cómo?¿Me vas a dejar allí con Peter?
            —Tranquila, seguro que eres capaz de conseguir algo mejor. O de más responsabilidad dentro de la empresa. Además, ahora estás de vacaciones. Cuidaros mucho.

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