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Todos los hombres tenemos una
determinada forma de hacer las cosas, desde sacar al perro hasta hacernos un
sándwich. Y el sexo no es menos. Pero he de reconocer que desde que conocí a
Samantha eso también ha cambio. No es que me haya convertido en un experto en
la materia. O puede que sólo hayan cambiando mis prioridades. Tal vez por eso,
por que mis prioridades han cambiado no me siento como un despreciable por
seguir a mi mujer por toda la ciudad. Se ha convertido en mi objetivo. O al
menos en un punto a tener en cuenta. Una nueva variable que puede alterar toda
la visión de conjunto.
Su coche avanza a buen ritmo entre
el tráfico de la ciudad, sin sobresaltos. Tal como lo haría cualquiera que no
saben que le van siguiendo. Solamente he tenido que pisar el acelerador más de
la cuenta para no quedarme atrapado en un semáforo que ha cambiado antes de que
pudiera pasar. Después la he seguido hasta el puente de Brooklyn. Esa parte ha
sido la menos complicada, gracias a que nunca me ha visto con el Mustang.
Incluso me he permitido el lujo de adelantarla, sé que ha sido una imprudencia
por mi parte. Si me hubiera reconocido se habría ido todo al traste. Así que me
oculto entre una furgoneta de gran tamaño y un autobús escolar, para que me
vuelva a pasar, para acto seguido volver a colocarme detrás de ella a una
distancia prudencial. Una distancia que no levante sospechas y que me permita
margen de maniobra.
De repente, salido de la nada, o
puede que también camuflado entre el tráfico aparece un sedan negro, que bien
podría ser de Robertson y se sitúa entre nosotros. Lo único que puedo hacer es
darles más espacio. Tanto espacio que prefiero perderlos a que me acaben
reconociendo.
Después de todo ocurre lo que me
temía. Al coger la salido hacia Brooklyn, pierdo a ambos coches. Así que cuando
llego a Atalntic Avenue, decido tomar la calle. A esas horas está despejada,
por lo que no tengo problemas en recorrer quinientos metros hasta que encuentro
un hueco donde parar el coche. Lo medito un momento. No me gusta darme por
vencido tan a la ligera. Sin embargo, hay una cafetería a unos diez metros que
tiene buena pinta. Será le primera vez en mucho tiempo que pueda tomarme un espresso sin que Donna esté por medio.
Salgo del coche y me encamino a la
cafetería dando vueltas a la posibilidad que he perdido. Quizá sea deformación
profesional, pero me pica la curiosidad. ¿Samantha se había citado con Robertson?
¿O era una simple coincidencia? Nunca he creído en las casualidades.
La señorita me sonríe mientras me
planta delante el café expreso.
—Gracias por venir a De Pablo´s, y
que tenga un buen día.
—Igualmente, —leo la chapita con su
nombre— Kimberly.
Me siento en una de las mesas que
dan al escaparate. Siempre me gusta ver pasar a le gente. No sólo tienes la
oportunidad de ver alguna mujer de bandera, sino que puedes ver a tipos que te
recuerdan que tú no eres como ellos. Aunque durante algún tiempo, he jugado a
ser como ellos.
Una furgoneta con un gran anuncio de
una conocida marca de alarmas se para justo en frente de mí. Nunca he sido de
la opinión de tener alarmas. El que quiere, sabe cómo saltárselas. Por eso me
costó tanto ponerle al coche el servicio de GPS de la aseguradora. Aunque ahora
me iba a ser útil de verdad.
—Aseguradora DFK, habla con la
señorita Anderson, en qué puedo servirle.
—Hola, soy Eduard Foster. Verá tengo
contratado el servicio de GPS con ustedes, y he perdido mi coche. Serían tan
amables de decirme dónde he dejado el Porsche, la verdad es que soy muy
despistado. Mi número de póliza es 22413.
—Espere un momento señor Foster.
Tuve que esperar al menos cinco
minutos antes de que la señorita Anderson me informara de la localización del
coche. No estaba muy lejos, en Union Street. Después de pasearme por la calle
he encontrado el Porsche junto al seden negro.
Me bajo del Mustang a unos
doscientos metros de la posición, intentando pasar desapercibido. Aunque no
creo que Robertson esté pendiente de mí. A unos cien metros descubro a Samantha
en una cafetería. Está hablando con un tipo que no logro ver la cara, aunque
por su indumentaria puedo imaginar que se trata de alguien de la Agencia. Parecen
todos cortados por el mismo patrón.
Me acerco un poco más.
El hombre se gira hacia el
escaparate y me ofrece un plano frontal de su cara. No es Robertson como yo me
había pensado, aunque también reconozco su cara. Eso me hace pensar que
Robertson no estará muy lejos, y lo que mejor puedo hacer es volver al coche
antes de ser descubierto.
Busco en la bolsa que llevo en el
asiento del pasajero la mira telescópica del fusil de precisión, quizá si me
acerco con el coche podré ver mejor. Aunque creo que ya he visto suficiente
para formarme una idea clara de qué clase de mujer es Samantha.
Saco el móvil de la chaqueta, y
marco el número de Florence.
—Hola jefe, nos coges en el
aeropuerto. Jeffrey te da las gracias por este regalo, aunque ha tenido que rechazar
el trabajo. Espero que cuando regresemos encuentre algo.
—Me alegro por vosotros. Bueno, no
es verdad. Me alegro ti. Te llamo porque es posible que no vuelva a la oficina.
He encontrado algo mucho mejor. No sé, quizá no sea definitivo...
—¿Cómo?¿Me vas a dejar allí con
Peter?
—Tranquila, seguro que eres capaz de
conseguir algo mejor. O de más responsabilidad dentro de la empresa. Además,
ahora estás de vacaciones. Cuidaros mucho.
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