Mi Otra Vida. Capítulo 8


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            Entro por la puerta principal del hotel sin levantar la más mínima sospecha, y me dirijo directamente hacia la recepción. Un grupo de turistas japoneses, deduzco por las cámaras de fotografías que cuelgan de sus cuellos, y por los objetivos que transportan en riñoneras, como si fueran cargadores para subfusiles automáticos, acaparan la atención de la recepcionista. Una vez que acaba de darles las explicaciones para ir a Central Park, le pido la llave electrónica de mi habitación; la 323.
            El plan que la Agencia ha diseñado es bien sencillo. Hacer una copia de la llave. Con un artilugio que desde hace años que da inmejorables resultados. Una vez que tenga la confirmación de que el objetivo está solo en su habitación es entrar, disparar y salir de allí sin llamar la atención. Lo mismo que hacen miles de jugadores en sus casas con sus videoconsolas, sólo que aquí la sangre mancha de verdad y la policía no se deja engañar con un par de trucos baratos.
            Diez minutos más tarde tengo la copia de la llave electrónica, y aún no hay rastro del señor Jefferson. Todavía no he sido capaz de encontrar una conexión entre la Agencia y Ronnie. Me he pasado los dos últimos días hackeando todas las actividades de la empresa, incluso sus cuentas en busca de pagos sospechosos. Pero no he encontrado nada relevante. Tampoco he visto un cambio sustancial en el compartimento de Samantha. Es más, hemos hecho el amor como hacía tiempo que no lo hacíamos, quizá ése sea el cambio.
            En mi vida profesional, de la que llevo cinco años apartado, nunca he tenido vacilaciones. Quizá ha llegado el momento de tomarme unas vacaciones de verdad. No obstante, me veo sobre una placa de hielo que al menor paso en falso se puede resquebrajar. Sé que la clave está delante de mis narices, pero no soy capaz de verlo, ¿o acaso detesto verla?
            El pasillo de la tercera planta está despejado. A penas cinco pasos me separan de la puerta de la habitación 323. Miro a ambos lados antes de intentar abrir la puerta. La llave electrónica parece que le cuesta abrir. Tengo que mover la tarjeta y la puerta a la vez. Por fin la lucecita se pone verde y salta el click antes de abrirse. A partí de ahora todo será más sencillo.
            Sacó la Walter PPK con silenciador.
          La estancia está recogida. O al menos eso parece en la penumbra. Distingo un bulto en el fondo, sentado en una de las butacas junto a la ventana, y antes de poder disparar, la silueta se levanta con rapidez, y me dispara varias veces al pecho. Sito su calor junto al corazón. La vida se me escapa mientras mi agresor se dirige hasta la llave de la luz.
            —Deberías haberte quedado al margen de todo. Ha sido una pena —dice la voz de Samantha aún con el arma en la mano.
            Mi cuerpo inerte yace entre la cama y la entrada. La pistola cayó debajo de la cama.
            Samantha contempla mi cuerpo por última vez. Quizá sienta algo por mí, después de todo hemos sido pareja durante cinco años, o puede que me contemple con satisfacción por haber llevado acabo su misión.
            La vida, una corta sucesión de sueños, algunos alcanzados como Florence y su viaje a la Toscana, otros como los míos; vivir en paz después de haber tenido una vida marcada por la muerte, inalcanzables, se apagó.

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