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El problema de mandar a un
aficionado a hacer el trabajo de un profesional es que no presta atención a los
detalles. Y como en todos los trabajos los detalles son los que marcan la
diferencia. Samantha se conformó con dispararme a bocajarro dos disparos en el
pecho. El detalle de un profesional, de un buen profesional habría sido dar un
tiro de gracia entre ceja y ceja. Pero ella pasó por alto esa insignificancia.
Una vez que salió de la habitación
de manera apresurada, me incorporé. El chaleco antibalas había echo su trabajo,
aunque eso me libraría de tener unos buenos moratones durante varios días. Acto
seguido cogí el móvil y llamé al número que activaba el dispositivo que había
dejado en los bajos del Porsche. Era una pena dar semejante final aquella
máquina que levantaba pasiones allá por donde pasaba. Quizá me cueste más ahora
que no pensar en el triste final de Samantha. En su momento me dolió más
hacerla volar por los aíres. Aunque tuvo un premio inesperado ya que Waterfall
iba con ella. Nunca había resultado tan fácil matar dos pájaros de un tiro.
Waterfall había intentado reclutarme
de nuevo durante años. Me había negado sistemáticamente, no por ética, o puede
que también, pero sobre todo por Samantha. Me había enamorado de ella, lo que
me llevó a intentar ser digno de su amor. Esas tonterías que hacemos cuando no
creemos estar a la altura Sin embargo descubrí que era una agente infiltrada en
mi vida por si en algún momento me descontrolaba. Esa palabra fue la clave de
todo. Que dijera que estaba "descontrolado" me hizo pensar que no era
trigo limpio. No puedo saber si todo lo nuestro había sido orquestado por la Agencia , o si hubo algo de
verdad en nuestra vida en común. Sospecho, después de descubrirla en la cafetería
de Union Street con Waterfall, que era algo más orquestado que algo espontáneo.
Así que no tuve más remedio que pasar a la acción. Lo primero que hice fue
investigar a mi secretaria. Estaba dispuesto a mandar a un par de amigos que me
debían un par de favores a hacer una visita a la candida Florence, pero para mi
sorpresa aún quedan personas de fiar y de buen corazón. Así que la saqué de la
ecuación lo antes que puede, y Florencia era un buen sito para ello. Supongo
que Waterfall se las apañaría para implicar a Ronnie en su trama. Puede que
Jefferson como tiburón financiero sea de los mejores, pero como mi jefe dejaba
mucho que desear. También es cierto que como consejero de una gran empresa no
soy gran cosa. No estoy preparado para esa responsabilidad, y mis conocimientos
teóricos son escasos. Aunque era divertido vivir como un alto ejecutivo, y
todas las prebendas que conlleva en el cargo.
Sospecho que Robertson, o bien
mandado por algún superior, o bien porque no sabe dónde buscarme ha desaparecido
del mapa. Aunque para ser sincero, ese detalle no me gusta que esté suelto. No
quiero tener en el futuro un encuentro desagradable con él y menos que me coja
en fuera de juego. Son los riesgos que hay que correr en esta profesión mía.
Cuando el asunto dejó de ser noticia
en los principales medios de comunicación, vendí mi casa de Laurence Harbor, no
sin antes gratificar a Alan por los servicios prestados. Mucho más me costó
deshacerme del Mustang. Un tipo pintoresco llamado Miguel Del Campo afincado en
España, y que dijo ser coleccionista de clásicos americanos me lo compró. Al
parecer hay un club de Mustang que todos los años hacen una turné por el país.
Me hizo prometerle que algún año iría como invitado de honor. Algo que no
descarto, pero que por el momento no está dentro de mi plan de jubilación.
Sentado en una terraza, con un
autentico café expresso en la mano,
recreándome en la contemplación del Domo de Florencia no añoro mi otra vida. Es
más, tengo toda la vida por delante para disfrutar de lo que los hombres, los
buenos hombres como Fillippo Bruneslleschi, nos han legado.
El móvil que tengo sobre la mesa se
despierta.
Miro la pantalla.
—Ciao!
—Al final tenías razón.
—Siempre la tengo. O al menos entre
tú y Jeffrey.
—¿Dónde estás?
—En frente del Domo.
—Tardo cinco minutos.
—Llevo tres semanas esperándote, qué
son cinco minutos más o menos después de todo.
Florence aparece con una maleta algo
menos pesada de lo que había imaginado. Meter una vida en una samsonite nunca
es fácil, aunque esté cargada de sueños. En su caso de sueños rotos después de
un divorcio.
Nos abrazamos como dos buenos
amigos. Quizá hay algo más. Pero eso tendré a que averiguarlo con el tiempo.
Por ahora me conformo con tenerla cerca.
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