Mi Otra Vida. Capítulo 9


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            El problema de mandar a un aficionado a hacer el trabajo de un profesional es que no presta atención a los detalles. Y como en todos los trabajos los detalles son los que marcan la diferencia. Samantha se conformó con dispararme a bocajarro dos disparos en el pecho. El detalle de un profesional, de un buen profesional habría sido dar un tiro de gracia entre ceja y ceja. Pero ella pasó por alto esa insignificancia.
            Una vez que salió de la habitación de manera apresurada, me incorporé. El chaleco antibalas había echo su trabajo, aunque eso me libraría de tener unos buenos moratones durante varios días. Acto seguido cogí el móvil y llamé al número que activaba el dispositivo que había dejado en los bajos del Porsche. Era una pena dar semejante final aquella máquina que levantaba pasiones allá por donde pasaba. Quizá me cueste más ahora que no pensar en el triste final de Samantha. En su momento me dolió más hacerla volar por los aíres. Aunque tuvo un premio inesperado ya que Waterfall iba con ella. Nunca había resultado tan fácil matar dos pájaros de un tiro.
            Waterfall había intentado reclutarme de nuevo durante años. Me había negado sistemáticamente, no por ética, o puede que también, pero sobre todo por Samantha. Me había enamorado de ella, lo que me llevó a intentar ser digno de su amor. Esas tonterías que hacemos cuando no creemos estar a la altura Sin embargo descubrí que era una agente infiltrada en mi vida por si en algún momento me descontrolaba. Esa palabra fue la clave de todo. Que dijera que estaba "descontrolado" me hizo pensar que no era trigo limpio. No puedo saber si todo lo nuestro había sido orquestado por la Agencia, o si hubo algo de verdad en nuestra vida en común. Sospecho, después de descubrirla en la cafetería de Union Street con Waterfall, que era algo más orquestado que algo espontáneo. Así que no tuve más remedio que pasar a la acción. Lo primero que hice fue investigar a mi secretaria. Estaba dispuesto a mandar a un par de amigos que me debían un par de favores a hacer una visita a la candida Florence, pero para mi sorpresa aún quedan personas de fiar y de buen corazón. Así que la saqué de la ecuación lo antes que puede, y Florencia era un buen sito para ello. Supongo que Waterfall se las apañaría para implicar a Ronnie en su trama. Puede que Jefferson como tiburón financiero sea de los mejores, pero como mi jefe dejaba mucho que desear. También es cierto que como consejero de una gran empresa no soy gran cosa. No estoy preparado para esa responsabilidad, y mis conocimientos teóricos son escasos. Aunque era divertido vivir como un alto ejecutivo, y todas las prebendas que conlleva en el cargo.
            Sospecho que Robertson, o bien mandado por algún superior, o bien porque no sabe dónde buscarme ha desaparecido del mapa. Aunque para ser sincero, ese detalle no me gusta que esté suelto. No quiero tener en el futuro un encuentro desagradable con él y menos que me coja en fuera de juego. Son los riesgos que hay que correr en esta profesión mía.
            Cuando el asunto dejó de ser noticia en los principales medios de comunicación, vendí mi casa de Laurence Harbor, no sin antes gratificar a Alan por los servicios prestados. Mucho más me costó deshacerme del Mustang. Un tipo pintoresco llamado Miguel Del Campo afincado en España, y que dijo ser coleccionista de clásicos americanos me lo compró. Al parecer hay un club de Mustang que todos los años hacen una turné por el país. Me hizo prometerle que algún año iría como invitado de honor. Algo que no descarto, pero que por el momento no está dentro de mi plan de jubilación.





            Sentado en una terraza, con un autentico café expresso en la mano, recreándome en la contemplación del Domo de Florencia no añoro mi otra vida. Es más, tengo toda la vida por delante para disfrutar de lo que los hombres, los buenos hombres como Fillippo Bruneslleschi, nos han legado.
            El móvil que tengo sobre la mesa se despierta.
            Miro la pantalla.
            —Ciao!
            —Al final tenías razón.
            —Siempre la tengo. O al menos entre tú y Jeffrey.
            —¿Dónde estás?
            —En frente del Domo.
            —Tardo cinco minutos.
            —Llevo tres semanas esperándote, qué son cinco minutos más o menos después de todo.
            Florence aparece con una maleta algo menos pesada de lo que había imaginado. Meter una vida en una samsonite nunca es fácil, aunque esté cargada de sueños. En su caso de sueños rotos después de un divorcio.
            Nos abrazamos como dos buenos amigos. Quizá hay algo más. Pero eso tendré a que averiguarlo con el tiempo. Por ahora me conformo con tenerla cerca.

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