Falsas Apariencias.


Falsas Apariencias.


Si Ricardo se hubiera quedado en la cama desperezándose o, intentando volver a dormirse, pensando en que esa misma noche tenía un concierto, y que seguramente llegaría tarde a casa, no se habría encontrado con Patricia.
Patricia había salido de casa temprano, como todos los días. Quizá habría pensado en Ricardo, o quizá no. Estaba más preocupada en sus clases de pilates que en cualquier otra cosa.
Al doblar la esquina, una vez ella había terminado sus clases, y él regresaba de comprar, por fin, el juego de cuerdas de repuesto para la guitarra, tropezaron. Quizá era una casualidad. Un juego del destino. Se conocían porque tenían una amiga en común, Marina los había presentado. Habían tomado café los tres juntos. Aunque en un principio Marina no notó nada fuera de lo normal. Ni miraditas, ni llamadas para preguntar por el otro. Y mucho menos intercambio de números de teléfono. Así que esa mañana cuando se encontraron se saludaron con cortesía, pero sin demasiada efusión.
Aquella noche Patricia llegó tarde al bar para cubrir su puesto de trabajo. Me hubiera gustado poder leerle la cartilla. Decirle que no había derecho a que su compañera llevara casi una hora trabajando sin su ayuda. Pero sabía que Patricia me miraría por encima del hombro, y la próxima vez sería peor, quizá ni se presentara.
Por suerte aquella noche estaba siendo muy tranquila. Ni si quiera se había presentado el club oficial de fans de Silvia, la otra camarera. Lo cual era todo un alivio para mí. Me entristecía pensar que aquella rubia despampanante acabaría con algún imbécil. Quizá yo en ese momento no lo era menos.         
El teléfono móvil de Patricia comenzó a tener un espasmo en el rincón donde dejábamos nuestras cosas mientras trabajábamos. No es que estuviera prohibido su uso. Era una costumbre sin mucha importancia. Así que le dije; tu móvil está sonando. Patricia corrió hasta el rincón como alma que lleva el diablo. Supuse que sería algún noviete con ganas de verla, puesto que la hora de cierra se acercaba.
Después de unos minutos de conversación nos dijo que; su amiga, Marina estaba en El Nevada, un bar de copas con actuaciones en directo, y que Ricardo estaba allí. Marina le preguntó si quería que le dijera a Ricardo que ella estaba trabajando en el bar. Patricia le dijo que sí. Que estaría encantada de que él se pasara después de la actuación.
Media hora después, cuando ya estábamos a punto de cerrar. Patricia recibió la llamada de Marina para confirmar que el tal Ricardo ya estaba de camino. Que le hacía mucha ilusión verla.
Patricia se puso a dar vueltas como una loca, repartiendo besos al grito de; Va a venir, va a venir.
Sinceramente, si alguien me hubiera dicho que Patricia trabajaba en el Silver Road, yo también me hubiera presentado. Eso mismo hizo Ricardo. Sin embargo, aquel guitarrista de medio pelo se llevó el mayor chasco de su vida cuando asomó el morro por el Silver Road.
‹‹¿Qué haces aquí?››, le preguntó Patricia con la frialdad de un témpano de hielo.
¿Dónde estaba la chica que minutos antes había recorrido como una posesa el bar gritando; Va a venir, va a venir?
El chico se quedó cortado. No sabía si marcharse, si pedir perdón por haber aparecido sin avisar, en definitiva; si cortarse las venas o dejárselas largas. Lo único que se le ocurrió fue ir al baño, mientras Patricia miraba a Silvia con una sonrisa tan perfecta como despiadada.
Supuse que mientras ellas se congratulaban de que el pobre Ricardo había caído en su red, no se darían cuenta de que un servidor también tenía algo que decir en este juego de apariencias. No me costó mucho convencer a Ricardo de que Patricia era una tahúr, que jugaba con las cartas marcadas.
Al final, después de una gran interpretación por parte de la camarera, Ricardo abandonó el Silver Road con Patricia del brazo.
Aquella noche, Patricia descubrió lo galante que puede llegar a ser un músico de medio pelo. Las promesas que se pueden llegar a hacer. Lástima que Ricardo no buscara más que ganar la apuesta que había cruzado con Marina.
Por supuesto que Patricia nunca llegó a saber quién le había contado la verdad a Ricardo. Sin embargo, yo sí sé que Patricia le dijo a Silvia que; si quería una relación de verdad con un hombre, que buscara en cualquier sitio menos en el Silver Road. Por desgracia para Silvia sigue casada con el mismo imbécil. Es decir, un servidor.
Patricia fue muy a su pesar la madrina.
Ricardo dejó la música, ahora no sé a lo que se dedica.
Y Marina se fue a vivir a Londres.    



Comentarios