El Traje Gris



EL TRAJE GRIS.



            Hace rato que estoy despierto. A través de la persiana puedo ver que las farolas aún alumbran la calle, y que el nuevo día se está haciendo de rogar más de lo habitual. Me siento en la cama, con los pies rozando el frío de las baldosas del suelo. Hoy ya es mañana, así que sólo queda un día para que haya cubierto otro ciclo, ya serán cuarenta y ocho. Tengo la sensación que han pasado tan rápidos como un leve pestañeo. No puedo engañarme. Las canas y las arrugas frente al espejo no me lo permiten. Aunque eso nunca me hizo sentirme veterano, que dice un amigo. Son la pérdida paulatina de sueños, el hecho de verte forzado a abandonar proyectos porque las circunstancias, entiéndase tiempo y dinero, es lo que te hace envejecer.
      Pienso en todas aquellas amistades que les ha ocurrido lo mismo. Quizá algunos han tenido que amoldar sus proyectos vitales a otras circunstancias, entiéndase, mujer e hijos en el caso de ellos, marido e hijos en el caso de ellas. Aunque eso no les exime de estar sujetos también a la primera ley; tiempo y dinero. Cuando los veo por la calle, en la mayoría de los casos, son una copia de ellos mismos en blanco y negro; más gordos, más delgados, con pelo o calvos. Ellas conservando la belleza de juventud o con el encanto que otorga la madurez. Pero todos, sin excepción, han perdido el color.
      Y en ese punto exacto me hallo frente al armario. Sin decidirme a ponerme el traje de los sueños, tan colorido como una la paleta de un pintor expresionista, o vestirme a perpetuidad el traje de la resignación de un color gris como las nubes que cubren el cielo en un día de noviembre.
       

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