Jack Q estaba sentado en el salón
de casa. Sus huesos vencidos por la humedad del río le mortificaban, y sus músculos
estaban entumecidos por la falta de actividad física unida a su avanzada edad. Sin
embargo, su cabeza regía a la perfección. Su mirada comenzó a revolotear desde
su sillón por los rincones de la sala hasta que se posó en la chimenea. Más
concretamente, en las fotografías de sus nietos. La vida le mordió en forma de
nostalgia, y los años transcurridos se proyectaron como una vieja película en
blanco y negro. Al cabo de unos minutos apareció ella a su requerimiento. Tan
alegre y divertida como la recordaba. Todo su breve pasado en común reverdeció,
desplazando toda una vida separados. Quizá no fue una decisión fácil para ella,
o puede que, todo lo contrario. Desde el momento que ella decidió ausentarse de
su vida se sintió como un puzzle incompleto. Más bien, como la pieza que sólo
encaja haciendo fuerzas. Por que tuvo que hacer un esfuerzo para encajar con la
que sería su mujer, y con los hijos que con ella engendró. Ahora ella ya no estaba
y sus hijos se habían hecho mayores. Eran sus nietos los que le alegraban la
existencia. Se sintió mezquino al pensar que habría renunciado a todo ello de
haber podido volver con ella. La verdad es que nunca dejó de sentirse así porque
sabía que su amor. Su verdadero amor estaba puesto en el tiesto equivocado. No que
tuvo otra elección, pues ella decidió por los dos. ¡Qué injusto era con
su mujer! Lo sabía. Y en los últimos años de vida de su mujer se lo había hecho
saber. No con palabras, sino con esa mirada perdida. Con palabras que no iban
destinadas a su persona. Con hechos tan intangibles como incuestionables. No obstante,
él sintió que su mujer lo había amado a pesar de ello. Por encima de ello.
Su mente evocó, una vez más, su
rostro aniñado, inocente y exento de las eventualidades del tiempo. Se preguntó
qué habría sido de ella. Si ella aún le recordaba. Si recordaba los días que
vivieron juntos. De todos aquellos besos regalados a la luz de la luna. De todas
aquellas noches llenas de pasión que parecían destinadas a no tener fin, y que contra
todo pronóstico ella puso fin.
¡Qué necedad vivir anclado al
pasado!
Sonó el timbre de la puerta. Sus
nietos habían llegado para celebrar con él su cumpleaños. Cumplía un año más de
condena, puesto que ella se ocupó de que nunca se olvidara de ella. tuvo la
feliz idea de abandonarlo en la fiesta de su vigésimo séptimo cumpleaños.
¿Quién puede olvidar semejante
regalo?
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