Allí, es donde dejé mi corazón.
Llegué hasta el puente. Me senté para oí el rumor del agua, saltando entre las piedras del lecho del río. Contemplé los prados verdes con la esperanza de verla entre las flores silvestres, pincelas de colores trazadas por la naturaleza. Miré al otro lado. Creí verle a lomos de su caballo oscuro. Quizá, ambos paseaban ya por el camino, o quizá estaban cuidando de las rosas en Blanca Mañana.
Llegué hasta el puente. Me senté para oí el rumor del agua, saltando entre las piedras del lecho del río. Contemplé los prados verdes con la esperanza de verla entre las flores silvestres, pincelas de colores trazadas por la naturaleza. Miré al otro lado. Creí verle a lomos de su caballo oscuro. Quizá, ambos paseaban ya por el camino, o quizá estaban cuidando de las rosas en Blanca Mañana.
Emprendí
de nuevo el camino. Dejé atrás el puente y llegué a la iglesia. La lluvia era
débil, pero invitaba a refugiarse en el templo. Después, entré en la taberna. No estaba muy
concurrida. No encontré a nadie conocido, pero tampoco me sentí extraño entre
los asiduos que buscaban consuelo en su sabor amargo y su color negro. Quizá
contarían mentiras, o quizá cantarían canciones que hermanan. Desafiné como el
que más y me despedí pagando una ronda a la salud del anciano, que garrota en
mano, adiós me decía.
Caminé
por la vereda, mientras el sol se asomaba, tímido entre las nubes. Llegue al
linde del río. Un hombre alto, vestido de negro, batallaba contra la enconada
resistencia del mayor salmón que jamás se había visto por aquel lugar. Decidí
no molestarle y seguir mi camino. Al verme el hombre se quitó el sombrero a
forma de saludo. Agité la mano para devolverle la cortesía.
Me
crucé con un carro tirado por un solo caballo. Las riendas las llevaba un
hombrecillo que susurraba una alegre tonada con sumo cuidado para que no se le
cayera la pipa. En la parte de atrás, sentados espalda con espalda iban una
mujer y un hombre. Ella sujetaba un ramo de flores, mientras él miraba al
frente con cara de susto. Tal vez no sabía qué decir a la mujer. O puede que le
molestara el humo de la pipa.
Se
hacía tarde. Debía volver. Es difícil abandonar aquel paraje. Alegre y lleno de
vida. Al llegar a la plaza principal, todos los habitantes de aquel pequeño
pueblo se habían congregado para vitorear a un coche que recorría las calles.
Desde la parte de atrás del automóvil, un hombre saluda de manera gentil.
En
ese momento, justo antes de marcharme, los vi. Estaban los dos juntos, saludando.
La mujer le dijo algo al oído del hombre. Ambos sonrieron, la mujer corrió en dirección
a la casa, y el hombre la siguió. Era una casa preciosa, con un pequeño jardín
de rosas.
Mi cuerpo volvió hasta
el salón de mi casa, pero allí es donde dejé mi corazón. En Innisfree.
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