Mi
refugio está allá donde tú estés.
La lluvia se estrellaba contra el
cristal de la ventana con un martilleo incesante, mientras ellos, cogidos de la
mano, compartían una taza de chocolate caliente. Sus miradas se cruzaron
fugazmente, y en sus labios floreció una sonrisa cómplice producto de la
camarería. Era una lata tener que esperar a que la tormenta amainara para salir
a buscar historias. Porque ellos no buscaban cosas olvidadas o perdidas, sino
las historias que ésas cosas contaban. Las monedas, botones y un sin fin de
hallazgos que les hablaban del pasado que ella interpretaba, mientras él la
miraba asombrado. Pero aquella tarde la lluvia tenía otros planes para ellos.
Iban a descubrir los secretos que ellos mismos ocultaban. Fue una suerte para
ellos encontrar el refugio de montaña. Gracias a que él llevaba un tetrabrik de
chocolate pudieron calentarlo en el hornillo del refugio. Ella aportó sus
galletas. Nunca salía a la montaña sin ellas. Algo que siempre era objeto de
burlas por parte de él, pero que aquella tarde de tormenta lo agradeció. Las
horas se fueron echando encima y la escasa luz solar que se filtraba entre las
nubes grisáceas, fue perdiendo terreno de manera paulatina en favor de la
oscuridad. Pronto caería la noche. Ninguno quiso hacer reproches absurdos al
otro. Sabían que no ganarían nada con ello. Debían prepararse para pasar la
noche allí, en mitad de la nada, rodeados por montañas escarpadas que ahora
amenazaban como gigantes envueltos en mantos de algodón. Ni siquiera la diosa
tecnología podría librarles del trance, puesto que sus móviles estaban
inoperativos. Buscaron una linterna entre los enseres del refugio. Pero como
suele ocurrir en estos casos, las pilas estaban en las últimas, a juzgar por el
tenue halo de luz que la linterna proyectaba, por lo que decidieron no usarla salvo en caso de extrema necesidad. Cuando la noche cayó definitivamente como
un lazo de negrura. La lluvia se tornó en nieve. En pocos minutos quedaron
copados. Intentaron distraerse contando historias. En un principio sin mucho
interés personal, hasta que ella dijo que echaba de menos a sus mascotas,
aunque también dijo que no le importaba estar allí atrapada si era con él. Lo
que provocó en él una sonrisa, mientras imaginaba los ojos verdes de ella en la
penumbra. Descubrió que en su interior algo se agitaba como nunca lo había
hecho antes. Sintió el impulso de besarla, sin embargo, se limitó a decir; mi
refugio está allá donde tú estés. Ella experimentó una turbación sin
precedentes. Segundos después sus corazones recorrieron la distancia que les
separaba para que sus labios se enlazaran en un beso suave y delicado. Se
desprendieron de las ataduras, y sus cuerpos ya desnudos, se fundieron en un
único deseo. Salieron a buscar tesoros y se encontraron el uno al otro.
El día les sorprendió abrazados
entre las ropas de abrigo y la manta que encontraron en el armario. Se
desperezaron lentamente, como dos animales volviendo a la vida gracias al calor
que se filtraba a través de la misma ventana que durante la que la noche
anterior contemplaron la tormenta. La misma tormenta les iba a regalar una
noche que jamás podrían olvidar. Sin embargo, el amor, puede ser efímero si no
se lucha por él. Eso mismo tendrían que hacer una vez estuvieran lejos del
refugio…
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