En aquel mundo no había nada. Nada excepto tu sonrisa y
tus ojos. Tu sonrisa encorsetada en alambres, invitando a la amistad. Y tus
ojos grandes, castaños irradiando sinceridad.
En este otro mundo, el mío,
desde el que te admiro, la oscuridad perdura durante cinco días, y la luz
apenas dura un fin de semana, está tan alejado del tuyo que aquí ya es otoño y
allí aún es primavera.
Desde la distancia los nudos
parecen pequeños satélites, brillando en el infinito. Sin embargo cuando el
nudo quiere ahogarte, parecen grandes constelaciones con varios soles
dispuestos a abrasarte. Pero una vez que los sometes a nuestra mirada microscópica,
concluyes que con un poco de amor propio se pueden deshacer.
Las montañas se pueden
escalar. Los ríos se pueden vadear. Incluso en tu mundo las distancias se
pueden recorrer. Sin embargo, en mi mundo el tiempo no se puede
alterar a nuestro antojo. Es el que es, para lo bueno y para lo malo.
A pesar de tu sonrisa y de
tus ojos está la suprema ley del tiempo y la distancia. No puede haber un año
con una primavera y un otoño a la vez. Porque para los nudos están las tijeras
con su poder liberador.
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