Una cerveza en los tiempos del Twitter.


Una cerveza en los tiempos del Twitter.


La luz cálida y amarillenta de la tarde caía plácida detrás de los edificios acristalados de oficinas, donde una legión de hombres encorbatados desempeñaban sus trabajos con distinta eficacia. Por otro lado, estaban sus compañeras, igual de eficaces, pero menos propensas a desmadrarse un martes por la tarde. Lo que yo consideraba, sin duda, una verdadera lástima. En primer lugar, porque eso hacía más agradable mi trabajo. Y, en segundo lugar, porque era bueno para el negocio. Tenía efecto llamada. Los chicos se animaban más viendo un grupo de chicas pasándolo bien.
            Aquel martes abrí el pub a la misma hora que cualquier otro día, aunque algo diferente flotaba en el aire. Como siempre lo achaqué a las ganas que tenía de ver a Maybell, la camarera del turno de noche. También me imaginé los requiebros que haría para no aceptar mi invitación para cenar cualquier otro día.
            ››Pronto empieces a sacar tu lado pesimista, me dije.
            Puede que, en fondo, se impusiera mi lado más realista.
            ››¿Por qué el amor tiene que ser tan triste?, me dije.
            Fui directamente a la cabina del pichadiscos, y elegí la canción de Eric Clapton con el mismo título. No tuve tiempo de saborear el primer acorde, cuando el primero de ellos entró. Tan encorbatado, tan engominado, tan seguro de sí mismo, tan desconcertado.
            —¿Está abierto? —preguntó con cierta timidez.
            —Por supuesto —aseguré algo molesto, ya que no me daría tiempo a preparar la barra para afrontar la jornada laboral. ¿Qué quieres tomar?
            —Una cerveza de botella.
            No había transcurrido ni tres minutos, cuando llegó el segundo de ellos. Un clon del primero; tan encorbatado, tan engominado, tan seguro de sí mismo, tan desconcertado.
            ››¡Vaya, no me van a dejar abrir tranquilo!, pensé.
            Para mi sorpresa, y hasta cierto punto mi admiración, puesto que ejercer la amistad en los días en los que las redes sociales lo invaden todo, es considerada una debilidad propia del pasado, se fundieron en un abrazo como dos excombatientes que se alegra de saber que el otro también ha sobrevivido al horror.
            —Yo también tomaré una cerveza —me dijo el recién llegado.
            —¿Cuánto tiempo hace que no nos veíamos?
—Desde la boda de Marcelo.
—De eso hace tres años.
—Puede que más.
Puse las dos cervezas y me alejé para darles un poco de intimidad. Creí que la ocasión lo merecía.
—Bueno, al final te casaste con… ¿cómo se llamaba?
—Carolina.
Antes de poder seguir con el informe detallado de sus actividades, su teléfono móvil sonó con la Marcha Imperial de Jhon Williams.
—Perdona, tengo que contestar.
—Claro, claro.
            El hombre se apartó para intentar mantener una conversación, que desde la distancia prudencial que les otorgué me parecía absurda.
Su amigo, para matar el tiempo sacó a su vez su móvil. Comenzó a teclear algo. Supuse que un tuit. Algo así como; viejos amigos comparten una cerveza en el Kentucky Bar, sin embargo, tan insólita operación en estos días fue interrumpida por una llamada.
Al primer hombre le falló la cobertura, como a todos los que alguna vez hemos intentado tener una conversación allí dentro., por lo que tuvo que abandonar el bar en busca de mejor cobertura, no sin antes coger su cerveza.
El segundo hombre, aún tuvo menos paciencia, y directamente abandonó el bar, también con su cerveza en la mano.
Terminé ni tarea, que me llevó algo más de veinte minutos, ambos encorbatados, engominados, seguros de sí mismos, y algo menos desconcertados seguían con sus conversaciones telefónicas.
A través de la cristalera el escaparate, podía verlos hablar, y gesticular, moviéndose como dos bestias enjauladas. Sus caminos se cruzaban, pero no así sus miradas. De vez en cuando, y tan sincronizados como dos relojes suizos, daban un trago a sus respectivas cervezas.
            El primer hombre terminó su conversación con ademanes de frustración. Entró en el bar, y vino directamente a la barra dejó la botella vacía, me dedicó una sonrisa simplona, y preguntó por los aseos.
            Al segundo hombre parecía que las cosas le iban mejor. De vez en cuando soltaba una risotada tan sonora como artificial. Justo su conversación acabó cuando su amigo, hermano de armas de una batalla tan lejana como olvidada en la menoría de ambos, regresaba de los aseos.
            —Pues sí, hacía mucho que no nos veíamos —dijo el primer hombre.
            —Tenemos que repetirlo.
            Pero que no pasen otros tres años.
            ¿Qué te ocurre? Estás muy tenso.
            —Nada, cosas del curro. Nada importante. Luego te mando un whatsapp y te lo cuento.
            —Lo dicho, a ver si lo repetimos.
            Ambos volvieron a fundirse en un efusivo abrazo.
            —¿Qué se debe? —preguntó el primero.
            —No, pago yo —replicó el segundo.
            —Nada. la casa invita —era lo menos que podía hacer por ellos dado la brevedad del encuentro.
            —Gracias.
            Ambos salieron del Kentucky Bar.
            El primero cogió la calle arriba, el segundo la calle abajo, y ambos se perdieron entre las luces que el sol de media tarde que aún se proyectaba a este lado de la calle.
            Fue un reencuentro emotivo. Algo digno de verse. Sin embargo, pensándolo más en frío, me dejó un poso de tristeza.
            ¿Hasta qué punto hemos perdido la capacidad de mantener una amistad, o una simple conversación sin tener un teclado de por medio?
            ¿Llegará el momento en el que preferiremos mandar un whatsapp antes que tomarnos un café con un verdadero amigo?
            Mi teléfono parpadeó al recibir la respuesta de Maybell
            ››Tremendo, ahora te veo, decía su respuesta.



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