Espuma de Mar
La noche había caído cuando caminaba por
aquel páramo, que en su día fue un florido jardín, escenario secreto de sus paseos
idílicos. Las fuentes, en su día, gorgoreaban con una plácida, y refrescante
letanía, ahora, no eran más que oscuras piedras deformes, mutiladas en la
noche.
Encontró el sendero, casi devorado
por la maleza, que se había adueñado de cada palmo, de lo que en su día fue una
alfombra, verde y fresca. El lugar de las rosas, y los geranios lo ocupaban
cardos, y ortigas.
El portón, aún en pie, abierto de
par en par, ya no limitaba el acceso, ahora parecía dar la bienvenida a
cualquiera que quisiera mancillar aquel lugar, tan sagrado para él. Consumo
cuidado de no tropezar con los cascotes, ni enredarse con las malas hierbas, se
adentró en aquella boca negra que daba acceso a las entrañas de la mansión.
Subió por la escalinata asegurando
cada paso, hasta que llegó al pasillo que conducía a la estancia principal, y
con la seguridad que otorga la costumbre, anduvo hasta el hueco de la puerta,
que había sido amputada de su sitio.
Una vez dentro, comprobó que la luz plateada
de la luna se derramaba por las paredes de la habitación convertida en una
siniestra cárcel de sombras.
Se sentó al otro extremo de la habitación,
donde la tiniebla mantenía un pulso con el resplandor que proyectaba aquella
luna esbozada en tonos argentos. Se
acomodó lo mejor que pudo, cobijándose en la oscuridad que durante años se
había convertido en su compañera inseparable, incluso a veces, ejercía de
confesora.
De haber podido habría hecho las
cosas de otra manera. Sin embargo, estaba allí, esperando la visita de un ángel.
No un ángel cualquiera, sino uno con el poder de librarle de su pasado. Sabía
que eso era imposible. Las deudas hay que pagarlas.
Era consciente de la injusticia que
suponía hacer cargar aquella criatura enigmática con el peso de su
culpabilidad, de su arrepentimiento. De todo cuanto le impedía ser mejor de lo
que era.
Las sombras fueron desplazándose por
la habitación al mismo ritmo que el tiempo se escurría, haciendo mella en su
espera. No tardó en comprender que aquella criatura, objeto de su anhelo, tenía
reservado otro destino. Probablemente alguien que tuviera el alma más pura.
Metió la mano en uno de los bolsillos de su
capa. Las puntas de sus dedos rozaron el pequeño frasco de la poción mágica que
le permitiría retener a un ángel. Seguramente sería contra su voluntad, pero en
ese momento, no le importó. Era demasiado lo que estaba en juego.
Una brisa heladora entró por la
ventana, y unos instantes después, una luz azulada más potente que el haz de
luz de la luna se manifestó ante él.
No había duda.
Una vez más había acudido a su
llamada.
Él se incorporó, nervioso.
Aferrándose la posibilidad que aquella poción guardada en el bolsillo le otorgaba.
Cuando por fin reconoció su rostro,
le embelesó la finura de sus rasgos femeninos como en las ocasiones anteriores.
Se acercó a él con la misma
delicadeza con la que flota un aroma en el ambiente. Sintió como si la espuma
de mar le acariciara por primera vez. Como si aquel contacto etéreo, le
limpiara de todas sus dudas. Su valentía fuera restituida de inmediato.
Apretó el puño sobre el frasco.
Simplemente tenía que lanzarlo sobre aquel
rostro que le bendecía con su sonrisa inocente, y que daría atrapada para la
eternidad. Podría disponer de ella a su antojo. Cada vez que sintiera que el delirio
se apoderaba de su alma, estaría ella para reconducirlo como había hecho en
todos estos últimos años.
Sacó la mano del bolsillo dispuesto a
ejecutar semejante sacrilegio, pero al sentir la mirada de ella, dispuesta a
perdonarlo por su egoísmo, por su debilidad, dispuesta a hacer tamaño
sacrificio por él, no tuvo valor para llevarlo a cabo.
Lanzó el frasco contra el suelo,
lejos de ella.
Sintió de nuevo su caricia. Más
cálida si cabe. Más humana.
Él, rompió a llorar, mientras ella
de desvanecía como la niebla en la mañana.
La habitación se sumió en un puzle
de sombras acuosas, producto de las lágrimas, que él no era capaz de contener.
Tardó un tiempo indefinido en
serenarse.
Tuvo la certeza de que, ese sería su
último encuentro con aquella criatura cuya única misión no era otra devolverle
las ganas de interpretar la melodía que le correspondía, leja y anónima.
Aún tardó un rato en abandonar aquella
mansión, aquel jardín que, gracias a ella florecía de nuevo en su plenitud bajo
los cálidos rayos de la mañana.
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