La Elección.


La Elección.

           


Levantó la mirada del escritorio, que era un verdadero caos, entre libros, pergaminos y alguna cosa más que ignoraba que estaba allí. Siempre había sido así, y ahora, con la edad, ya no pretendía cambiar.
            Se acercó hasta el fuego de la chimenea para ver cómo iba el asado para la cena. En breve, caería la noche y tendría que aplazar su escritura porque la vista ya no era la misma. Podría seguir si conseguía hallar sus lentes…
            El aroma del asado invadió la atmósfera de la estancia, llenándola de olores del campo; romero, tomillo, orégano… Hundió un cucharón de madera para probar la salsa, y dictaminar si tan exquisito manjar necesitaba un último toque.   
            Una ráfaga de viento entró por la ventana haciendo que los pergaminos del escritorio alzaran el vuelo como una bandada de pájaros asustados.
El viejo Cherlistán tuvo en ese preciso instante una revelación; La Puerta del Destino se había abierto.
Lejos de sentirse preocupado, se sintió aliviado, y esperanzado. Quizá a él no le correspondía sentirse orgulloso, pero lo estaba. Aunque no pudo reprimir un pequeño brote de envidia que le llegó a la garganta, puesto que él nunca tuvo el coraje suficiente para enfrentarse a la Elección. Postergó demasiado su elección, y ahora la arena del reloj caía en su contra.
Sin embargo, ella lo había hecho. Había abierto La Puerta que la llevó hasta los vestigios de una civilización extinta. A contemplar el calmado vaivén del mar. A perfilar una sonrisa de satisfacción, propia de los que han conquistado su Destino.
Los escritos del viejo se posaron en el escritorio con la misma elegancia de las aves. Se llevó el cucharón a la boca, y como de costumbre se quemó la punta de la lengua, no obstante, una sonrisa cómplice afloró en sus labios. Tuvo la certeza de que ella estaba preparada para llegar a su Destino, aunque ella ignorara cuál era.
           
                       

Comentarios