Me llamo Billie, como Billie Holiday.

Me llamo Billie, como Billie Holiday.


Nunca he sido un hombre al que le gustara salir solo por las noches. Quizá porque era, soy demasiado tímido o, porque en las mujeres se crea una mala imagen ver a un hombre bebiendo solo. Sin embargo, aquella noche de Semana Santa decidí salir a tomar una copa.
Cuando llegué al local en cuestión, la barra estaba ocupada por dos filas de clientes esperando a ser atendidos por los camareros. No tuve más remedio que esperar mi turno con infinita paciencia. Como de costumbre, los hijos de la Gran Bretaña eran los que estaban más alterados, pidiendo cervezas como si se hubieran enterado que el mundo se acabara en unas horas, y tuvieran temor de que les pillara demasiados sobrios. Cuando llegó mi turno pedí un Jack Dainels con hielo. Me aparté de la horda de bárbaros, y me apoyé en la puerta del pub. Si soy sincero no había nada interesante que ver, si no hubiera sido por la música, me habría salido a la terraza. Fue entonces cuando la vi. No era una mujer muy alta, lo cual no era ningún problema para mí, que tampoco soy muy alto que se diga. Llevaba el pelo tan corto y engominado que parecía una copia a menor escala de la doctora Halperin, el personaje que interpretaba Sharon Stone en Esfera. Sus ojos eran de un azul profundo que a pesar de las luces del local destacaban como los océanos a vista de pájaro. Me pareció que cuchicheaba con su amiga, quizá impresionada por el maromo que la observaba como si fuera un T-Rex ante un solomillo de Triceratops.  
En ese momento nuestras miradas se cruzaron. Fue un instante, a penas lo que una estrella fugaz tarde en desvanecerse. Pero para, que un hombre fácil fue suficiente. No diré que me enamoré. Eso vendría más tarde.
Una sonrisa bien perfilada y tan blanca que, envidiarían algunas estrellas del firmamento de Hollywood, afloró en sus labios carmesís. Me costó un rato comprender que era mi persona el destinatario de aquel saludo mudo. Di un sorbo al Jack Daniels buscando el valor necesario para cruzar el local y entablar una conversación con ese inglés adquirido de manera precaria.
Su amiga, una pelirroja que bien podría ser la hermana gemela de Frida Lyngstad, me miró con descaro, se tapó la boca con la mano como si yo desde mi puesto de observación pudiera oírlas, y le dijo algo que a la rubia le pareció divertido. Supongo que tenía que ver con mi edad. A vuelo pluma calculé que debían estar cerca de doblarme la edad. He de confesar que eso lejos de ser un impedimento era un aliciente más para cruzar el estrecho que nos separaba.
De nuevo floreció su sonrisa. Quizá esta vez era más seductora o, puede que el alcohol me estuviera jugando una mala pasada antes de tiempo. No obstante, había algo en aquella mujer que me reclamaba como las sirenas a Ulises. Así que desplegué el velamen, y puse rumbo a sus costas, bien proporcionadas y dispuestas a salirse del escote. No fue un trayecto largo. Puede que diez pasos. Se hicieron interminables con tanto obstáculo móvil.
Justo en el momento de soltar amarras, uno de esos mastodontes británicos, que al final resultó ser del Puerto de Santa María, se puso entre nosotros cortando de raíz mi iniciativa. Soldado que no muere en una batalla sirve para la siguiente, así que me retiré a mi observatorio junto a la puerta.
Vencido y derrotado antes de presentar batalla, no me quedaba más que ahuecar el ala. Di el último trago a la copa. Podía haber dejado el vaso en la mesa alta que estaba a mi izquierda y marcharme sin más. Con el jaleo que tenían los camareros no disponían tiempo material para salir a recoger los vasos que como fósiles en forma de vidrio certificaban las ganas de embriagarse de los parroquianos. Así que en un acto de solidaridad profesional iba a llevar mi vaso a la barra. Fue al girarme cuando me topé con ella.
Estaba apoyada en la puerta, a escasos centímetros de mí, acariciándome con la mirada. Olía a jazmín, y el tacto de su piel era de seda bañada en purpurina que brillaba bajo los focos de luz tenue.
‹‹Así se las ponían a Felipe II››, me dije.
No quedaba otra que entablar gallardo combate con el enemigo.
—Hola.
—Hola, me llamo Billie, como Billie Holiday —dijo ella con un marcado acento extranjero.
Sin duda era la mejor presentación que podría haber hecho. Lo siento por Ulises, pero esta embarcación se fue de bruces contra los arrecifes. No hubo supervivientes.


El sol despuntaba, y el mar se teñía de ocres anaranjados, cuando crucé el hall del hotel. Había sido una noche larga que marcaría el resto de mi vida. No había cartas, ni llamas telefónicas, sólo recuerdos... 

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