MELVIN Y EL FRASCO MÁGICO.
Para Aída.
Se adentró en el bosque a pesar de las
advertencias de su padre. Una luz plateada brillaba en el firmamento, perfilando
las siluetas de los árboles, que parecían gigantes al acecho. En la lejanía, el
agua cantaba a su paso entre los guijarros. Más allá, en el corazón del bosque,
las criaturas se mostraban vivas rompiendo el silencio de la noche. Sin
embargo, no le importó. Tenía el firme propósito de encontrarse con el viejo
mago, Chelistán. Según los habitantes de la aldea él era el único que podría
ayudarlo.
Una niebla que parecía proceder de
las profundidades telúricas, se alzó engullendo el sendero que se retorcía acompañando
las arrugas de la montaña. Sintió miedo. El mismo miedo que su padre le auguró
cuando la niebla cubriera el valle, y las criaturas de la noche merodearan a su
alrededor.
Melvin se arrebujó entre los pliegues
de su maltrecha capa. Así, tan asustado como una doncella, y muerto de frío
continuó por el sendero. Ascendió hasta la parte más alta de la Catarata de la
Doncella. Según contaba la leyenda, la joven Elhesur se precipitó al vacío al
saber que nunca sería correspondida. Una historia que entristecía su corazón.
Se acercó hasta el borde del abismo para contemplar el velo de agua estrellándose
contra la superficie del lago, que formaba un muro de espuma.
Desvió la mirada hacia la bóveda
estrellada que le amparaba. Aún faltaban algunas horas para que el día
comenzara a despuntar. Tenía tiempo suficiente para llegar a la cima de la
Montaña Dorada, donde moraba el viejo nigromante. Sintió hambre y sed. Llegar
hasta allí le había supuesto un gran esfuerzo. No obstante, no estaba dispuesto
a rendirse.
Reanudó la marcha.
Aún quedaban horas de oscuridad
cuando coronó la cima. Se refugió en el tronco de un árbol caído. Del zurrón
sacó la media hogaza de pan, y el pedazo de queso que su madre le preparó para
el camino. Quizá no era la mejor cena de su vida, pero allí, en la espesura del
bosque, disfrutó de las viandas. Una vez hubo terminado se acurrucó lo mejor
que pudo. ¿Y si el mago no es más que otra de las leyendas de la aldea? ¿Y si
después de todo el mago se niega a ayudarme?, con esas preguntas danzando en su
cabeza se quedó dormido.
Hacía rato que el sol había
despuntado cuando Melvin se despertó con la extraña sensación de que le observaban.
Al ver al anciano mirándole con fijeza, tuvo el impulso de incorporarse con tal
rapidez que se dio un coscorrón contra la corteza del árbol que le había
servido de lecho.
—¿Me aguardabas? —dijo el anciano
risueño.
—¿Quién sois? —preguntó Melvin
desconcertado.
—¿Tiene eso importancia?
—Yo soy…
—Melvin, de la aldea —le interrumpió
el anciano—. Quieres que el hada vuelva, ¿verdad?
—Sí.
—¿Crees que es justo retener a un
ser contra su voluntad?
—Me hacía feliz.
—Eso es muy egoísta, ¿no crees?
Melvin meditó un instante antes de
responder.
—Es posible. Pero ella significa
mucho para mí.
—Quizá ella prefiera vivir su vida.
Tiene el mismo derecho que tú a encontrar la felicidad. Además, no creo que
tenerla secuestrada sea el mejor modo de demostrar que es importante para ti.
—¿Por qué no iba a ser feliz
conmigo? Yo hablo con ella. Le cuento historias para que no se sienta sola, o
triste. Le doy de comer. Aunque si os digo la verdad; nunca come.
—Porque las hadas no se alimentan
como nosotros. Ellas viven de la magia.
—Estoy enamorado de ella.
El anciano soltó una carcajada tan
sonora como teatral.
—No se burle de mí.
—Nadie puede enamorarse de un hada.
Son seres libres, mágicos, únicos, cuya belleza reside precisamente en su
libertad. En su espíritu bondadoso. En todas las cosas que la convierten en un
ser especial. En todo lo que se marchita en esa casa de madera tuya.
—Seguro que tiene razón, pero yo
quiero que vuelva.
—Sigues siendo poco razonable.
—No. Es amor.
Se produjo un silencio que a Melvin
le hizo dudar si aquel anciano que lo miraba con fijeza era el verdadero
Cherlistán.
—¿Tiene algún remedio para mi
problema?
—De momento; estofado y cerveza. ¿Te
gusta la cerveza?
—Sí.
—Entonces, a qué esperamos.
Tenía que reconocer que aquel era el
mejor estofado que había comido en su vida. Después el anciano le invitó a
fumar en pipa mientras saboreaban un extraño brebaje a base de hierbas.
—Te lo
preguntaré una vez más; ¿Estás seguro de que quieres que vuelva contra su
voluntad?
—Para eso he venido hasta aquí. Estoy
enamorado.
—Pero no te das cuenta de que ella
no es para ti. Ella no es como tú. Si la obligas a vivir como tú quieres
perderá todo aquello que tanto te gusta. Se volverá vulgar.
—No me importa con tal de que vuelva.
—Si estás enamorado, lo único que
debería importarte es su felicidad. Puede que sea feliz contigo, pero eso debería
decidirlo ella.
—He venido con un firme propósito;
que me des un remedio.
—Como quieras —cedió el anciano.
El anciano se levantó con
dificultad. Fue hasta una pequeña alacena situada frente a la mesa. Rebuscó
entre los cachivaches que allí almacenaba hasta que dio con lo que buscaba.
—Aquí está. Cuando pases por la
Catarata de la Doncella, lo único que tienes que hacer es verter el contenido
de este frasco en el manantial. Cuando llegues a casa ella estará esperándote.
—Gracias —dijo Melvin mientras se
guardaba el frasco en su capa.
—Y ahora, a dormir.
—Pero si aún es de día.
Cuando Melvin despertó se encontraba
de nuevo en el bosque. Había caído la noche, y la luna se reflejaba majestuosa
en las aguas cristalinas del manantial. Sacó de su capa el frasco que el viejo
mago le entregó. Lo único que tenía que hacer era verter el líquido tan azulado
que le recordó el vestido del hada. No era tan complicado. Entonces recordó las
palabras del mago;
‹‹Lo único que debería importarte es
su felicidad››.
La duda le asaltó.
‹‹¿Qué derecho tengo para retenerla contra
su voluntad?››.
‹‹Pero estoy enamorado de ella. No
puedo perderla›.
Sintió que la boca se le secaba, y
las lágrimas afloraron en sus ojos.
Se sentó en una roca con la mirada
puesta en las tranquilas aguas del manantial. Dudaba. Su propósito ya no estaba
tan claro.
‹‹Ojala me quisiera por mí mismo, sin
necesidad de magia››.
Tuvo el impulso de tirar el frasco
contra la roca, sin embargo, se lo guardó como recuerdo. Sabía que había
perdido para siempre al hada. Lejos de sentirse desangelado, una alegría
desconocida se apoderó de él.
Nada más despertarse, Melvin corrió
hasta la caja de cartón donde guardó a Ainé, la mariposa que su padre cazó la
mañana anterior. Al ver las motitas amarillas en sus alas de un azul intenso,
sintió pena de aquel animal. Estaba claro que jamás se convertiría en un hada
de extraordinaria belleza, y menos se enamoraría de él. Entre otras cosas,
porque Melvin aún no tenía edad para los asuntos del amor. Así que no encontró
ninguna razón para retener a la mariposa. Abrió la tapa de la caja, y tras un
leve aleteo, Ainé salió volando hacia el interior del bosque.
Melvin jamás volvió a ver una
mariposa de tanta belleza como aquella.
…muchos años más tarde, en el mercado de Ílderon
se acercó a Melvin, ya hecho todo un hombre, una joven de extraordinaria
belleza.
—Te acuerdas de mí. Soy Ainé.
Melvin le sonrió.
—¿Cómo podría olvidarte?
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