El Viento del Norte I


El Viento del Norte.
Parte Primera.

         


El gélido viento del norte se le clavaba a Jack McLagen en los huesos como alfileres. En cambio, a su padre no parecía afectarle mientras recogía las redes con las manos desnudas. Su hijo le insistía para que usara guantes, pero Peter era un marino de los de antaño, por eso tenía las manos ásperas como la lija. Con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciendo lo mismo, terminó de recoger las redes, desplegó el velamen, y puso rumbo hacía las luces que titilaban en la bahía. El bote de reducidas dimensiones se mecía con suavidad mientras se deslizaba por la mancha oscura que era el mar.
            Peter seguía sosteniendo el timón con firmeza, mientras sus pensamientos volaban hasta tierra firme, allá donde como cada noche, aguardaba Emma, la madre de Jack. Tal vez se estaba haciendo viejo para salir todas las noches a faenar. Pero, qué otra cosa podría hacer.
            —¿Qué piensa, padre?
            —Creo que me estoy haciendo mayor.
            —¡No diga usted tonterías!
            —Si al menos tuviera un nieto que cuidar.
            —¿Otra vez con eso?
            —Yo a tu edad ya era padre.
            —Los tiempos cambian.
            —Pero la vida sigue siendo igual. Eso ha permanecido inalterable durante siglos.
Cada vez que Peter sacaba el tema, sus palabras se incrustaban más en el alma de su hijo. Él ya había hecho sus planes, solo la falta del montante económico había impedido llevar los a cabo.
El viento cesó en su empuje, y Jack se vio en la obligación de usar los remos para alcanzar la playa. El disco solar se dejaba ver por encima de las sombras irregulares que formaban las montañas, al tiempo que proyectaba reflejos ambarinos en la superficie de las aguas.
—Solo necesito dinero. Eso, y que Maggie me acepte.
—Si de algo estoy seguro es de que; ella aceptará.
—Así lo espero.
Tras un verdadero esfuerzo llegaron a la playa, donde sus compañeros de faena estaban preparándose para llevar sus capturas a la lonja. Ellos hicieron lo propio.
—No ha ido mal, Emma —decía Peter todos los días nada más llegara a casa.
—El desayuno está en la mesa, cariño —replicaba su mujer.
Con el desayuno casi en la garganta, Jack subía a la planta superior para observar la línea del horizonte fundiéndose con el azul del mar, y a los mercantes enormes, ahora convertidos en diminutos cascarones, eran como islas de ilusión para Jack. Si conseguía enrolarse en uno de ellos, quizá en dos años podría desposarse con Maggie. Desde que su memoria podía alcanzar, había deseado pertenecer a la tripulación de uno de ellos. Surcar los mares en el confín del mundo. Conocer lugares de los que la mayoría de la gente ni siquiera ha oído hablar. Sin embargo, todo ello quedó relegado a un segundo plano cuando los ojos verdes de Maggie se posaron en él.  







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