El Viento del Norte II


El Viento del Norte.
Segunda Parte.


            Maggie Gallagher, tuvo que aguardar a que su madre la mandara a por agua a la fuente para poder encontrarse con el joven Jack. De otra manera le habría sido imposible. Durante unos pocos minutos, su mundo se contraía suspendido en la sonrisa del joven. A penas un leve roce, un beso robado bajo los soportales, y un adiós prematuro, era todo cuanto podía esperar Maggie.
            —No podemos seguir así —aseguró Jack antes de que la joven tuviera que emprender el camino a su casa—. Estoy dispuesto a hacerlo.
            —¿Vas a pasarte dos años en un barco?
            —Es necesario si queremos casarnos. Con mi padre nunca ganaré el dinero necesario.
            —No quiero que estés dos años lejos de mí —dijo Maggie con voz lastimosa.
            —Lo sé, pero de momento no hay otra manera.
            —Seguro que la hay, solo debes tener fe.
            Maggie cargó como buenamente pudo con la tinaja, y emprendió el camino a su casa, sin poder apartar de su mente la imagen del joven Jack abatido. Sabía que era un hombre de palabra. Eran las endemoniadas circunstancias las que imponían su voluntad.
            Cuando la noche cayó, la luna cedió su protagonismo a unos nubarrones tan grises como la barba del doctor Allman, por lo que Peter advirtió su hijo de lo duro que sería faenar si el tiempo se endurecía. Sin embargo, ambos estuvieron de acuerdo en que no tenían más remedio que hacerse a la mar. Por muy adversas que fueran las condiciones meteorológicas, Emma jamás se había pronunciado ni en un sentido ni en otro.
            —Creo que esta noche no debéis salir —dijo Emma creando cierto desconcierto en los otros miembros de su familia—. Es demasiado peligroso.
            —No podemos permitirnos quedarnos en casa, sin salir a faenar.
            —Peor será no poder volver a salir.
            —No diga usted eso, madre.
            —Tengo un mal presentimiento. 
Los dos hombres salieron de casa bien abrigados y con los chaquetones puestos. Emma se quedaría despierta toda la noche junto a una taza de té. Miraría una docena de veces por el ventanal, intentando adivinar el paradero del bote de su marido.
            A pesar del temporal, la familia McLagen no era la única que se había echado a la mar con la esperanza de extraer los frutos del mar que les reportara algún beneficio económico. Sería una noche dura.
            El bote se enfrentó con la mar brava en la oscuridad más absoluta. El viento gemía, y la lluvia se estrellaba con fuerza en los rostros de los tripulantes. Si las condiciones no mejoraban, pronto se haría ingobernable. A pesar de ello, los dos sabían que era vital capturar algo para poder venderlo en la lonja.
              El viento del norte se agitó con la fuerza de un poderoso dios, furibundo que arrancó las drizas que sujetaban la botavara del bote, que oscilaba sin control como un apéndice del bote.
            Los dos hombres se levantaron tras un esfuerzo titánico con la intención de recolocar la botavara. El bote se escoró por el lado de babor, sin tiempo para reaccionar, se escoró al lado opuesto. La botavara giró con tanta violencia, que el impacto mandó a Peter fuera del bote. Cayó inerte e inició el viaje sin retorno a las profundidades.
            Jack se desprendió del chaquetón, y se lanzó al agua.
            Tuvo que bucear en el agua fría y oscura antes de dar con el cuerpo de su padre.
                       

         




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