El Viento del Norte III


El Viento del Norte.
Tercera Parte.

                 
El doctor Allman salió de la habitación después de reconocer a Peter, que ya había recuperado la consciencia.
—Ahora lo importante es que descanse—dijo el doctor con voz cavernosa—. Hijo, tu padre ha tenido mucha suerte. De no haber sido por ti…
—¿Cuándo estará preparado para salir a faenar?
—Diría que, con su edad, y dadas las circunstancias, sus días de marino han tocado a su fin.
Jack no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. De ser así, nunca podría dejar a su familia, nunca podría enrolarse en un gran mercante. Y lo peor de todo, jamás podría casarse con Maggie.
—Pero yo solo no podré hacerme a la mar.
—Me temo que tendrás que buscar otra solución.
El doctor entró en el salón donde aguardaba Emma con una taza de té para él. Se sentó junto a ella para advertirle de lo peligroso que podría ser que Peter volviera a la mar.
 Al recibir la noticia Emma sintió un vacío en el estómago. Tanto ella como Peter no entendían la vida en tierra firme. Cada uno en la parte que le tocaba. Peter era pescador como lo fue su padre. Y el abuelo de Peter antes que su padre. Sin embargo, había una parte buena en las palabras del doctor Allman. Peter había sobrevivido a más de treinta años de faena.
—Lo siento, Emma —dijo el doctor antes de salir del hogar de los McLagen.
Esa misma noche Maggie Gallagher saltó por la ventana de la cocina para ir al encuentro de Jack. Encuentro que se produjo, como los anteriores, bajo la arcada del claustro.
Jack tomó de las manos a Maggie, la atrajo para sí, y la besó con toda la pasión que durante los últimos días estuvo más pendiente del estado de salud de su padre.
—En el estado en el que se encuentra mi padre, no puedo enrolarme en una tripulación. Seguramente tendré que salir solo a faenar.
—Te quiero, puedo esperar el tiempo que sea necesario.
—Pero soy yo el que no quiere esperar.
Volvieron a besarse con el temor de que fuera la última vez. Los padres de Maggie nunca consentirían una boda con un hombre sin recursos. Y Jack no los tenía.
Durante los dos siguientes días, Jack se debatía entre sus propios deseos y los miedos de su madre. Finalmente, sus deseos coincidían con los intereses familiares.
            El viento del norte, a veces caprichoso, acompañaba sereno al pequeño bote de Jack mar adentro. Una luna plateada se derramaba sobre las aguas, que se mecían con un leve susurro hasta colisionar con el casco de la embarcación. Las estrellas punteaban la bóveda celeste. Todo hacía presagiar que sería una noche tranquila.
            Recogió el velamen, y lanzó la red por encima de la borda. Necesitaba de manera casi desesperada, que la noche fuera productiva. Necesitaba que el margen económico fuera amplio para poder ahorrar, y cumplir la palabra que en su día le dio a Maggie.
            Como en un cuento de niños, una bruma espesa engulló al bote. En pocos segundos, Jack se vio envuelto entre jirones de nubes. Al intentar recoger la red, notó que se había enganchado con algo. No sabía con seguridad dónde se encontraba, puesto que el bote hacía rato que iba a la deriva. Hizo un segundo intento por recoger la red. Si tiraba más de la cuenta, podría llegar a rasgarla, lo que significaría no salir a faenar durante muchas semanas.
            No tuvo más remedio que lanzar el ancla, y prepararse para bajar a desenmarañar la red. Jack era un magnifico nadador, así que nada le hizo pensar que algo pudiera salir mal.
            Tuvo que descender varios metros para encontrar la red enmarañada. A penas el reflejo de la luna iluminaba las profundidades. Al acercarse, descubrió por qué la red había quedado atrapada.     



                       

         




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