El Viento del Norte.
Cuarta Parte.
Al tocar con las manos desnudas la superficie del objeto con la que la
red quedó atrapada, Jack descubrió que no era rugosa como imaginó. No era una
roca, sino una superficie pulida, con algunas partes metálicas.
Intentó llevárselo consigo en su
ascensión hacia la superficie, pero le fue imposible. Tuvo que hacer acopio de
fuerzas sujetándose a la tapa de regala. En el momento que creyó que estaba listo
para hacer otra inmersión, tomó aire, y descendió. Usó la red como guía hasta llegar
de nuevo al lugar donde encontró aquel extraño objeto. Le hubiera gustado tener
algo con lo que poder iluminar. Tal vez así hubiera reconocido la forma rectangular
del cofre.
Cuando Jack consiguió subirlo
abordo, el débil fulgor de la luna arrancaba destellos plateados a los remaches
metálicos del cofre. Mientras recobraba el resuello, se preguntó que podía
contener aquel cofre que parecía ser de otra época. Una época remota.
Manipuló la cerradura del cofre con
la esperanza de poder abrirlo. Durante todo ese tiempo, una fiebre de oro se apoderó
de su cabeza. Había oído viejas historias de galeones hundidos con las bodegas
repletas de cofres, como aquel, llenos de oro.
Una vez que el manto vaporoso que lo
envolvía se deshizo, con la misma facilidad con la que se había formado, Jack
descubrió, para su asombro, que navegaba en mitad de la nada. No tenía ninguna
referencia con la que orientarse. Aún las estrellas y la luna brillaban en el
firmamento para ayudarle a hacerlo. Pero tenía la cabeza demasiado embotada con
el oro como para poder encontrar el rumbo que lo llevara de vuelta al hogar.
Se sentó en la regala con el cofre
en las manos, intentando imaginar qué haría con el oro, que a buen seguro, hallaría
en su interior cuando pudiera abrirlo. Se desposaría con Maggie. Nunca más
tendría que hacerse a la mar, y sus padres podrían tener una vejez más que
digna. Pero para ello tenía que ser capaz de abrir el endemoniado cofre.
Desplegó el velamen, y puso el rumbo
que las estrellas le marcaban. Tenía la esperanza de regresar a casa antes de
que el día despuntara. Para ello tuvo la colaboración del viento del norte que
henchía las velas. El bote cortaba las olas en gajos de espuma que resbalaban
por el casco de la embarcación.
La línea de costa se dibujó en la
lejanía, y las pocas luces del pueblo iluminaron su destino. Se volvió hacia el
cofre. Seguramente Johnstone, el cerrajero podría abrirlo. Claro que eso
significaría tener que compartir el contenido con él. Así que se acercó hasta
el tesoro que había extraído de las profundidades, con la intención de intentar
de nuevo su apertura. Volvió a manipular la cerradura. Quizá esta vez con más
calma que la vez anterior, pero con idénticos resultados.
Alzó la vista, y vislumbro la playa
cercana. No se decidía entre poner rumbo directo a la playa, o buscar una de
las grutas cercanas a los acantilados, y
dejar allí el
tesoro. Escudriñó el cielo en busca de las primeras señales del nuevo día. Si
se apresuraba podría desembarcar en la playa sin ser visto por los demás
pescadores.
Una vez en tierra firme se quitó el
chaquetón para envolver como buenamente pudo el cofre. No se preocupó por el
estado de las redes, ni del bote. Si en el cofre había tanto oro como
imaginaba, nunca más tendría que preocuparse por esas cosas.
Ocultó el tesoro antes de llegar a
su casa.
Buscó en el cobertizo el martillo
que su padre usaba para las pequeñas reparaciones que con los años requería el
bote. También busco algo que le hiciera el servicio de cuña. Durante un rato
estuvo removiendo los cachivaches con la precaución de no hacer mucho ruido.
Cuando por fin encontró algo con lo que forzar la cerradura corrió como
alma que lleva el diablo al lugar donde escondió el cofre.
Con apenas un par de martillazos, la cerradura se abrió para mostrar el
contenido del cofre.
Jack no pudo reprimir un grito ahogado de emoción.
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