El Viento del Norte V


El Viento del Norte.
Quinta Parte.
  

Desde su escondite podía ver como las demás embarcaciones arribaban a la playa. Los hombres, cansados, se afanaban por recoger sus pertrechos, y preparaban para llevar las capturas a la lonja.
Jack los miraba desde la distancia. Se preguntó; ¿por qué él había tenido la fortuna de encontrar el cofre? ¿Qué tenía él de especial? Miró las monedas doradas que tenía en su mano y apretó más el puño.
Se imaginó vistiendo buenos trajes. Comiendo y bebiendo todo lo que le viniera en gana. Incluso podría viajar por el mundo con la compañía de Maggie. Sus padres podrían mudarse a una pequeña granja. Claro que tanto su padre como su madre, no eran ganaderos. Ni siquiera su padre sabía cómo arreglar las rosas de su madre. ¿Y Maggie? ¿Qué sueños tendría ella?
Durante un instante se planteó la posibilidad de que ella tuviera otros sueños. Sueños en los que él no estuviera incluido. ¿Y si sus padres no querían una granja? Si se casaba con Maggie como era su intención, no tendría la necesidad de viajar alrededor del mundo. Le bastaría con poder visitar la capital.

Maggie entró en la habitación nupcial como si estuviera viviendo su propio cuento de hadas. Había soñado tantas veces con aquello, que ahora que era real le parecía imposible. Unos minutos más tarde entró su marido con una sonrisa satisfecha por haber podido cumplir con su palabra, y una mirada cargada de deseo por lo que acontecería en breve.
Sin embargo, antes se dirigió a la pequeña maleta que esa misma tarde dejó en el armario. De ella extrajo un pequeño joyero. Se acercó a su esposa. Antes de entregarle el joyero, acarició su rostro con un leve roce de su mano.
—Te quiero Maggie.
Acto seguido abrió el joyero.
La cara de Maggie se contrajo en una mueca de horror.
—¿Qué te ocurre? —dijo Jack nervioso.
—¿De dónde has sacado eso?
—Lo encontré en un cofre hace dos semanas.
—Esa joya era de la señora Farrell.
Jack miró la joya que tenía en la mano como si nunca la hubiera visto.
—La encontré en un cofre cuando salía a faenar.
—¿Cómo has podido hacerlo? —le acusó Maggie.
—Hacer qué.
—Asesinar a la señora Farrell.
—Yo no he matado a nadie.
—Las joyas, el dinero, todo es robado.
—Yo no he matado a nadie. Me encontré todo en un cofre.
Maggie se apartó violentamente de Jack, abrió la puerta de la habitación, y bajó las escaleras a toda velocidad.
Jack no supo cómo reaccionar. Debería haber corrido tras ella. Debería haberle explicado que él no había matado a nadie. Pero cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde.
Los gritos de Maggie resonaban por toda la calle.
—Jack McLagen, él es el asesino.
En cuestión de segundos los alguaciles rodeaban la casa.
—¡McLagen, entrégate!
La puerta de la habitación se abrió con brusquedad, y sin que Jack tuviera tiempo para saltar por la ventana, el alguacil Reilly le disparó.


Jack se despertó sobresaltado.
La niebla se había desvanecido, y el contorno de los acantilados se recortaban en la oscuridad. El lamento de las olas al estrellarse con las moles de roca, advirtieron del peligro al joven McLagen. Sin poder evitarlo, su mirada se dirigió hacia el cofre.
El viento del norte que le había ayudado a encontrar el tesoro de un barco hundido, ahora le arrojaba contra los acantilados. Tendría que hacer un esfuerzo titánico si no quería ver como sus días acababan hechos añicos como aquel viejo bote.
Parecía que el viento no tenía piedad. Eran muchos los hombres que habían perdido la vida contra aquellos gigantes de roca, atrapados en el eterno vaivén de las olas. Sin embargo, aquel dios poderoso y furibundo tuvo a bien amainar. Lo que permitió a Jack maniobrar a tiempo para evitar la colisión.
Una vez que su vida no corría peligro, se acercó hasta el cofre que se había desplazado por la cubierta del bote a su antojo. Lo sostuvo un instante, el tiempo en el que se debatía entre lanzarlo por la borda y alejarse de allí, o por el contrario intentar una vez más abrirlo a pesar del extraño sueño que había tenido.
Escuchó un crujido metálico, y la cerradura cedió.
Al abrir la tapa del cofre sintió un escalofrío recorriendo su espinazo. ¿Y si había abierto la caja de Pandora como en su sueño?
Cuando tuvo el valor necesario para mirar en su interior, se sorprendió al ver la misma joya que en su sueño le regalaba a Maggie. Además, también había una serie de monedas de oro. Había mucho más dinero del que pudiera necesitar en toda su vida.
¿Quién sería capaz de dejar pasar aquella oportunidad? Podría cumplir con su palabra y desposarse con Maggie. Sus padres tendrían una vejez digna. Podría comer y beber todo lo que se le antojara. Podría viajar por el mundo. Todas aquellas cuestiones que se preguntó durante su sueño, ahora estaban tan presentes como las monedas de oro que sostenía en las manos.
    Se guardó cuatro piezas de oro en uno de los bolsillos del chaquetón. Estuvo tentado de guardarse también el collar de esmeraldas que regalaba a Maggie en la noche de bodas en su sueño, y que hacía que todo se precipitase de una manera tan trágica, que jamás lo habría adivinado. Pero finalmente venció el impulso. Lo guardó de nuevo en el cofre y lo lanzó lo más lejos posible. Juraría que cayó junto a los acantilados. Después puso de nuevo rumbo a la playa.
Una vez retomó la travesía, fue arrojando piezas de oro con la esperanza de que algunos de sus compañeros tuvieran la misma suerte que él, y acabaran pescando moneras de oro el lugar de peces.


El viento del norte que puede ser tan caprichoso como para llevar a un pequeño bote hasta un tesoro, ahora empuja a un gran mercante hacía un nuevo continente. Desde uno de los ventanucos del lado de babor una pareja de recién casados se despide de lo que hasta ese momento ha sido su vida, con el deseo de que el viento del norte les llene de bendiciones.





   
   


           

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