El
Demonio en el Jardín.
La lluvia golpea con su tintineo melódico la
ventana en una noche gélida. A lo lejos estallan truenos con destellos
plateados, al tiempo que las almas afligidas se recogen a la espera de una
nueva jornada. En mi lecho me remuevo abatido por los pensamientos, que horas
antes, fueron reprimidos con gran violencia.
Amor eterno te prometí, sin saber que con ello te entregaba la llave de mi alma para la eternidad. Cuán fácil te ha
resultado permanecer en el jardín de mi mente, donde ya no bailan jóvenes musas
esperando ser atravesadas por la gracia de mi pluma.
Placer y dolor. Amor y desesperación, mezclándose
en una poción que reviven por doquier las figuras siniestras y deformes del
pasado marchito. Aún siento tu embrujo en mi interior palpitando con la misma intensidad
que aquella primera noche.
Una noche como la de hoy hace veintitrés
años, en la que me convertí en uno de los espectros que vagamos sin rumbo,
desprovistos de toda esperanza, repitiendo tu nombre como en una plegaria, sin
hallar consuelo en la oscuridad. Vuelven a mí las imágenes que con esfuerzo
desterré de mi memoria, como castigo por haberte entregado todo lo que soy.
Campanas Tubulares anuncian el fin. Sin
embargo, el dolor se hace aún más insoportable, a pesar de que la cicatriz
tatuada en mi piel dejó de sangrar hace una eternidad.
En un intento desesperado por retomar aquello
que fui antes de tu invasión, me cuelgo de la sonrisa inalcanzable que desde el
otro lado viene para rescatarme. Y aunque llega tarde, puesto que envuelto en
la negrura me hallo, sus ojos angelicales la esperanza quieren devolverme.
El día despunta en el jardín.
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