Encuentros en la fase lunar.
Le ocurrió lo mismo que las noches anteriores. En cuanto se metía en la cama, su cabeza comenzaba de
manera inmediata a generar tal cantidad de imágenes del pasado, que se sentía como en un tiovivo.
Miró el despertador de la mesilla. Ya
era más de medianoche. Aun así, no le importó. Se vistió con lo primero que encontró y salió a
la calle. No sabía con
exactitud a dónde se dirigía. No al menos no de manera
consciente. Dobló la esquina,
y llegó hasta el hueco de la malla
metálica. Tuvo que hacer un
pequeño esfuerzo para poder
pasar sin dejarse la chaqueta en uno de los ganchos que sobresalía de la malla.
Llegó al camino de tierra que se
adentraba en la oscuridad del bosque, y dejaba a su espalda las luces de la
ciudad. En un par de minutos quedó
sumido en una penumbra metalizada.
Miró al cielo maravillado por el
espectáculo celestial. Hacía muchos años que no se tomaba el tiempo para deleitarse con las
estrellas.
Siguió caminado por
el sendero hasta toparse con la carretera.
Alzó de nuevo la
vista con la esperanza de encontrarse con alguna estrella fugaz, y así pedir el
típico deseo. Aunque el cielo estaba limpio y las estrellas titilaban en las
alturas, ninguna tuvo a bien centellear a su paso.
‹‹Dios mío, ni siquiera
esto››.
El crujido de unas ramas cercanas le sacó de su
ensoñación. Buscó el teléfono móvil en el bolsillo de la chaqueta para
iluminar, cuando una voz le habló.
—Lo siento, no quería asustarte.
Una joven salió de entre la maleza.
—¿También has venido a buscando un milagro?
—Yo… yo no.
La joven se acercó más a él.
—No tienes de qué avergonzarte.
Él la miró en la penumbra.
—Mi problema tiene más que ver con la mediocridad
—confesó al fin.
—¿La tuya o la de los demás?
—Pues, aunque te parezca mentira; la mía. La de los
demás no es mi problema.
—Los mediocres pueden ser muy peligrosos.
—Gracias.
La joven dio un par de pasos en dirección a la
carretera, con la vista puesta en el cielo.
—¿Crees que por ver una estrella fugaz y pedir un
deseo dejarás de ser mediocre?
El tardó nos segundos en responder, como si la
respuesta le quemara por dentro.
—No.
Sus ojos buscaron el mismo punto del firmamento
donde ella había puesto los suyos. Ella se giró al sentir su mirada reflejada
en los astros.
—¿Por qué no haces nada?
—Hacer qué.
—Dejar de buscar soluciones mágicas entre las
estrellas —dijo ella con la mirada puesta en él—. Hay mucho más dentro de ti.
Lo único que tienes que hacer es dejarlo salir. Así de fácil.
Él miró de nuevo a las estrellas. A las luces
parpadeante de un avión que cruzaba a gran altura. A las pequeñas nubes. A la
luna creciente.
Cuando volvió a mirar, la joven había desaparecido
sin hacer ningún ruido.
Volvió a mirar al cielo, un momento antes de que cruzara
una centella delante de su mirada. No pidió deseo alguno, así que tampoco esperó
ningún milagro. Sólo disfrutó del espectáculo antes de volver a su casa.
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