Espera.


           
Espera.


Los tímidos rayos solares se filtran a través de la ventana de la estación, proyectando sombras irregulares sobre el suelo arlequinado.
            Me he sentado en el mismo banco que aquella vez, aunque sé que ahora todo será diferente. No te bajarás de un tren que nunca llegaste a tomar. No tengo que esperarte con el corazón encogido, porque nunca apareciste. No te culpo por tu elección, aunque eso me partiera el alma.   
            Pasan los viajeros anónimos como los personajes de un teatro de sombras. El reloj marca su sentencia con las campanadas, que resuenan por toda la estación. Del andén llegan los bufidos de una máquina de vapor lista para partir.
            Sin proponérmelo, evoco tu sonrisa. Revivo los momentos en los que la felicidad era un regalo impagable. Me resbalan entre los dedos aquellos instantes en los que la complicidad parecía el lazo perfecto a nuestras vidas.
            —¿Me esperabas? —dice ella.
            —Aún lo hago.
            —Pues ya estoy aquí.
            —Demasiado tarde —replico.
            —¿Sigues enfadado?
            Nunca puedo responder de la manera adecuada.

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