La Barbarie Y La Inocencia.


La Barbarie Y La Inocencia.

Norberto se levantó con los primeros rayos de sol. Estaba impaciente. Sabía que aquella tarde su sueño se convertiría en realidad gracias a las entradas que Manuel había conseguido.
Amanda se inquietó al ver las entradas sobre la mesa del salón. No le agradaba la idea de que Norberto acompañara a Manuel. Claro que por otro lado le invadió una sensación indescriptible al ver la ilusión reflejada en el rostro de su hijo.
—Esta tarde, papá y yo iremos a la gran final.
—Recuerda lo que me has prometido.
—Sí mamá, haré caso a papá en todo lo que me diga.
Norberto pasó toda la mañana y parte de la tarde como en una nube, con la camiseta puesta de su equipo favorito. No veía el momento de partir para el estadio. Su padre le entretenía haciendo que recitara de memoria la alineación titular del equipo que mucho antes de que él naciera ya conquistó la gloria.
Llegó el momento. Los dos hombres de la casa se acomodaron en el interior del vehículo. Amanda se despedía de ellos desde el porche de la casa agitando una mano, mientras en la otra arrugaba la banderola del equipo favorito de su hijo. A ella nunca le gustó el fútbol.  En todo caso, y hasta que su hijo se hizo hincha, ella había simpatizado con el equipo rival.
Manuel era todo lo contrario. Le encantaba el fútbol. Él siempre había sido del mismo equipo, y se enorgullecía de ello.
A pocas manzanas del estadio se podía sentir el calor de ambas hinchadas, dificultando el tráfico.
Norberto señalaba por la ventanilla cada vez que veía a un compañero luciendo la camiseta de su equipo favorito. Abucheaba a los rivales con la consecuente reprimenda de su padre.
—Hay que tener respeto.
—Al enemigo, ni agua.
—¿De dónde has sacado eso?
—Se lo escuché en la tele al capitán de nuestro equipo.
—No son enemigos, sino rivales.
Norberto miró a su padre con escepticismo.
Al final de la avenida se veía, colosal, una mole de piedra en la que convergían riadas de aficionados de ambos equipos rivalizando en armonía con cánticos de ánimo. Los ojos de Norberto estaban tan abiertos como era capaz de tenerlos. Quería que cada detalle se le grabaran a fuego en la memoria. Para él era un día histórico.  
Estacionaron el vehículo lo más cerca que pudieron del estadio, y se unieron a la romería en dirección al estadio. Norberto se unió al coro de hinchas de su equipo, con su voz de ocho años.
Manuel le agarraba de la mano, mientras entonaba en voz baja el himno del equipo.
El autobús rodeó la fuente y encaró el bulevar. A penas le separaba seiscientos metros del estadio. Cuando había rebasado la mitad de la avenida, se produjo la estampida, lo que provocó el caos. Los gritos de ánimo se tornaron en insultos. El hermanamiento de las aficiones se transformó en odio. Una horda de indeseables, con las caras pintadas con los colores a los que creían representar, comenzó a lanzar objetos indiscriminadamente.
Acto seguido, tan coordinado como un comando de élite, comenzaron a lanzar objetos contra las ventanillas del autobús.
Manuel fue arrastrado por la muchedumbre que buscaba refugio en las calles adyacentes. Esa fuerza descontrolada hizo que Norberto perdiera la mano de su padre, y que quedara a merced de la estampida.  
Manuel llamó con desesperación a Norberto, pero su voz quedó ahogada entre los gritos de pánico de la muchedumbre.
El niño corrió lloroso en dirección opuesta, hasta darse de bruces con la hinchada rival.
—Mirad a ese mocoso —dijo uno de los energúmenos que llevaba la cara pintada con los colores del otro equipo señalando a Norberto.

Fue portada en las noticias de la noche.
‹‹Un niño de ocho años es rescatado por la policía, cuando iba a ser agredido por un puñado de aficionados del equipo rival a las puertas del estadio. Se da la circunstancia, de que el padre fue alcanzado por los objetos que se lanzaron al paso del autobús de uno de los equipos finalistas. Por fortuna todo quedó en un buen susto››.  

Norberto no sólo jamás volvió a un estadio, sino que perdió su afición por el fútbol, gracias a la barbarie de unos pocos indeseables que creyeron representar a otros muchos aficionados que sí que disfrutan del deporte. 


                                                        Creo que lo ocurrido en Argentina con la disputa de la Copa Libertadores es simplemente es inadmisible por parte de todos; Aficionados, Jugadores, Directivos. A juzgar por los ecos que han llegado a España, parece que la prensa sí ha estado a la altura. Como siempre los buenos aficionados son los perjudicados, que también los ha habido. Ojalá algún día seamos capaces de radicar la violencia de cualquier deporte.   
  



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