Muerte en las alas.


Muerte en las alas.
Agosto de 1940.

Los primeros rayos de la mañana incidían en la carlinga, proyectando reflejos molestos que dificultaban la observación del espacio que rodeaba a las escuadrillas de Hurricanes. Habían sido informados por el control de tierra que el enemigo estaba próximo. Se trataba de una formación de He-111 volando a 15000 pies de altura.
El teniente Burton, ubicado en el extremo oeste de la formación, miró a su izquierda. Una nube algodonosa de gran tamaño le impedía ver con claridad el sector asignado, lo que sumado a su inexperiencia le hacía estar más tenso de lo debido, agarrando la palanca del timón de profundidad con demasiada fuerza. Miró de reojo al compañero de su derecha. Nada hacía indicar la presencia del enemigo, sin embargo, la tensión le impedía relajarse. Volvió a centrar su mirada en el sector izquierdo.
Fue entonces cuando vio un leve destello metálico entre las nubes. A penas un parpadeo, que le encogió todo su ser.
—A las diez, entre las nubes —gritó por la radio.
—Vistos. Son He-111, cinco. No, diez —confirmó el comandante a cargo de la escuadrilla al ver salir otros cinco más de entre las nubes—. Señores prepárense.
La formación de Hurricanes ascendió suavemente para tener más ángulo en su caída.
El comandante Jhonson informó al control de tierra del avistamiento de la formación y de su intención de atacar una vez comprobó que los bombarderos estaban sin escolta.
Burton sintió como la sangre se le helaba en las venas segundos antes de aplicar potencia en el motor de su Hurricane, y seguir a sus compañeros en el picado hacia la formación de bombarderos que les recibirían con una lluvia de plomo.
Las trazadoras procedentes de los artilleros llenaron el cielo de pinceladas incandescentes, que de momento no hicieron blanco en los agresores que caían desde las alturas.
—Entro —gritó El comandante Jhonson que fue el primero en poder abrir fuego sobre el fuselaje del bombardero más al extremo izquierdo de la formación.
El Hurricane soltó una ráfaga letal sobre el motor derecho del He111 lo que provocó que el motor sangrara un reguero de aceite negro entre una estela de humo blanco. El bombardero, herido de muerte, se ladeó a la derecha cayendo con suavidad varios cientos de pies.
Cuando llegó el turno de Burton, ni siquiera recordó calibrar la mira de sus ametralladoras de lo nervioso que estaba. Empujó la palanca de control hacia delante para caer desde unos trescientos pies por encima de aquella ballena que surcaba los cielos del canal.
Burton podía ver con claridad los proyectiles procedentes del bombardero que por momentos se agigantaba en la mirilla de su carlinga, mientras posicionaba su aeronave para escupir una ráfaga devastadora, vio como le pasó a pocas yardas un Hurricane envuelto en una bola de fuego. El susto provocó que hundiera el pedal derecho del timón de dirección hasta el fondo. Probablemente esa maniobra impidió al artillero del bombardero hacer blanco en el avión de Burton.
El teniente no tuvo más remedio que hacer una espiral ascendente para volver a posicionarse. Lo que le llevó algunos minutos. Una vez se colocó por encima de los bombarderos, pudo observar el éxito del ataque de sus compañeros, más de la mitad de los aparatos enemigos estaban tocados.
Centro su mirada en el bombardero que humeaba por ambos motores, y que cerraba la formación en el flanco izquierdo. Aunque ya no era tan compacta como cuando comenzó la refriega. Burton ajustó la mira a setenta y cuatro pies, y se lanzó en un picado vertiginoso. Cuando tuvo a tiro al bombardero soltó una ráfaga larga que hizo saltar pequeños trozos de chapa cercanos al motor derecho. Antes de extender en su picado, el teniente apretó de nuevo el gatillo. Esta vez pudo apreciar con toda claridad como sus trazadoras impactaban en el motor, que no tardó en arder.
Algo indefinido estalló en su interior que le hizo sentirse eufórico. Más aún cuando al girarse en su asiento vio que el aparato enemigo se partía y caía como una piedra girando a gran velocidad sobre su eje. En lugar de remontar el vuelo, como le habían enseñado en las clases teóricas, se puso a la cola del siguiente bombardero. Tenía ansia por apretar el gatillo. Había experimentado una sensación como jamás había conocido en la vida.
—¡Le he dado! ¡Le he dado! —gritó por la radio—. Voy a por el siguiente.
Justo antes de apretar el gatillo por tercera vez, los proyectiles procedentes del artillero de la panza del He-111 alcanzaron el motor del Hurricane del teniente Burton. Hubo una pequeña explosión que llenó de aceite el parabrisas de la carlinga.
—¡Dios mío! —gritó por la radio.
Una lengua de fuego alcanzó a Burton que tuvo que soltar la palanca de control. Tampoco podía abrir la carlinga. El dolor cada vez era más insoportable.
—¡Por el amor de Dios, que alguien me ayude! —gritó desesperado. Después solo se escuchaban sus alaridos.
Sus compañeros dieron testimonio de como el Hurricane de Burton convertido en una gran bola de fuego descendía a gran velocidad hasta estrellarse en los acantilados de Dover unas pocas millas tierra adentro.

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