¡SABOTAJE!
Confinado
en su cocina desde primeras horas, cuando el día no es más que una promesa
anaranjada en un cielo estrellado, Cedric el Pastelero se afanaba en tener los
bollos y los panes listos para cuando llegara el momento de abrir su establecimiento.
En Ambrosia, el reino de los pasteleros,
nadie ponía en duda que él era el mejor maestro pastelero. Había ganado por
cuarta vez consecutiva el concurso nacional de postres, lo que le otorgaba la
gracia de preparar el banquete en honor del rey Wolverine.
—Buenos días, maestro —dijo su sobrino que
además era su ayudante.
—Llegas tarde.
—Lo lamento maestro, pero…
—No me interesa, ponte con las magdalenas.
Si bien es cierto que Cedric hacía las
mejores tartas de todo el reino, no era menos cierto que sus magdalenas eran,
si no las peores, no estaban a la altura del resto. Eso provocaba un estado de humor funesto en
el maestro. Y en su fuero interno, crecía la ansiedad. Y más cuando las fiestas
estaban tan cercanas.
—¡Por todas las Divinidades! —exclamó
Cedric de manera teatral —. ¿Cuántas veces le he dicho que no eche tanta
harina?
—Es un poco exagerado.
—¿Exagerado yo? Estas magdalenas no hay
quién se las coma.
—Yo las veo como siempre.
Entonces Cedric montaba en cólera. Decía
que iba a cambiar de ayudante, que si era necesario él mismo haría todo;
incluso vender las obras del arte culinario que allí se despachaban.
Más tarde, cuando se abría el
establecimiento, se transformaba en un ser amable y simpático.
‹‹Muchas gracias por comprar en este
humilde establecimiento››, decía a los clientes.
‹‹El agradecido soy yo, bella dama››, era
una de sus frases preferidas cuando las damas de la aristocracia realizaban sus
compras.
Él recibía toda clases de alabanzas. Todos
sus productos se vendían; los pasteles, las tartas, panes de trigo, de centeno.
Todo, incluso las magdalenas.
—Ha vendido hasta la última magdalena.
—¿Qué se ha creído usted? Vendería boñigas
de dragón envueltas en celofán, si fuera preciso. Y esos cretinos no se darían ni
cuenta. Mañana vendrían a por más. Cocinar para la fiesta nacional, eso sí que
merece la pena. Volveré ganar el concurso este año. Este año sí haré mi
especialidad…
—¿Por fin hará su pastel de arándanos con
ralladura de nuez?
—Cuando usted lo pruebe no será el mismo.
Cedric se mesaba los bigotes antes de
guardarse la recaudación del día. No es que él fuera un avaro, pero sí que tenía
un tic nervioso al ver recompensado su esfuerzo.
Dos días más tarde, cuando el local estaba
lleno de clientes satisfechos, llegaron dos emisarios del rey para entregarle
un sobre con el membrete real.
—Es una invitación para el concurso de
postres —anunció Cedric con una sonrisa tan amplia como satisfecha.
Todos los presentes rompieron a aplaudir.
El salón de reuniones del palacio era tan
grande que podrían celebrarse allí torneos si ese fuera el antojo del rey. Sin embargo,
el rey estaba más preocupado en atiborrarse de pasteles, y tartas. La ceremonia
se abrió con la banda real interpretando música alegre. Acto seguido el Maestre
de Ceremonias pronunció un discurso tan largo como plomizo, que incluso
desesperó al rey.
—De los diez concursantes, sólo pasarán a
la gran final tres, para ello deberán realizar un sorbete de limón.
Los invitados al acto aplaudieron con gran
entusiasmo.
—Majestad —dijo Cedric—, permítame una
sugerencia; ¿por qué no cambia de especialidad? Ya quedó demostrado que mi
sorbete es insuperable.
Cedric sabía que al rey le entusiasmaba su
sorbete. Prueba de ello era que, en secreto, enviaba periódicamente a su
sobrino con frascas llenas del líquido que sus hábiles manos elaboraban. No
quería partir con ventaja. Quería ganar. Quería demostrar que no había
pastelero mejor en todo el reino que él.
—Muy bien Cedric —concedió el rey—. Mi
elección será… será las magdalenas. Sí, quiero saber quién es el pastelero del
reino de Ambrosia que hace las mejores magdalenas. ¿Te parece acertada mi
elección, Cedric?
Por supuesto que el rey ignoraba el pequeño
conflicto, si así se le puede llamar, que tenía Cedric con las magdalenas.
—Su majestad no podría haber hecho mejor
elección.
El rostro de su sobrino se oscureció.
Sabía que su tío estaba perdido, y por la manera compulsiva de mesarse los
bigotes de este, también lo pensaba.
Toda la sala quedó en silencio poco a poco,
hasta que finalmente se dio el comienzo del concurso. Entonces los sonidos propios
de las batidas de huevos, las idas y venidas de los pasteleros y sus ayudantes,
los sonidos metálicos de sus utensilios o alguna ollar al caer al suelo
compusieron una sinfonía estridente. Una hora más tarde, el rey tenía en sus
manos la lista con los tres pasteleros que optarían al gran premio.
Al oír su nombre, Cedric estalló en una
alegría interior que pasó inadvertida para todos, excepto para su ayudante.
‹‹No me lo creo, hay magdalenas peores que
las mías››, pensó Cedric.
—Va usted a ganar por quinto año consecutivo,
maestro.
—No lo dudes.
El rey instó a todos a volver al día
siguiente para celebrar la gran final.
El día amaneció envuelto en niebla, tan
oscuro y gris al que al pastelero le pareció un mal augurio. Entró en su
despensa para comprobar que todo estaba listo para realizar su gran receta
secreta; Pastel de arándanos con ralladura de nuez. Él mismo recolectó los
frutos que emplearía en su confección. Todo estaba dispuesto para volver a
coronarse como el mejor pastelero de Ambrosia.
Cargaron todos sus utensilios en el carro
y se dirigieron al palacio real. Una vez allí instalo todo lo necesario en los
almacenes reales a la espera de la llegada del rey, que como era su costumbre,
llegaría tarde.
—¡Han desaparecido! —exclamó uno de los
soldados.
—Tienen que haberse escapado —dijo otro
soldado con voz nerviosa.
—¿Quiénes se han escapado? —preguntó
Cedric.
—Los gorrinos para el banquete —dijo un
tercer soldado con cara de preocupación.
—¡Qué irresponsables! —se quejó Cedric—.
Lo ves, querido sobrino. Eso ocurre cuando dejas las cosas en manos de gente
incompetente.
—Tiene usted toda la razón —dijo su
sobrino.
El rey fue recibido en el salón de
reuniones con vítores por parte de sus súbditos, deseosos de que diera comienza
la gran final. A una orden del rey Wolwerine, comenzó la prueba.
Larry el Yemas sería el primero en
preparar su postre; turrón de yemas. Era un hombre de unos cincuenta años, alto
y robusto como un viejo roble, de pelo pelirrojo, barbilampiño, de mirada azul.
A Cedric no le preocupaban sus postres a base de yemas. Durante un tiempo, que
al rey se le hizo eterno, El Yemas preparó su turrón de yemas.
Al rey le encantó el postre.
El siguiente sería Mike, el Licores, un
muchacho de aspecto aniñado y enjuto. Con el pelo revuelto y unos pequeños ojos
vivaces. El Licores prepararía tortitas al caramelo con brandy de cerezas. A
Cedric no le preocupaban sus postres a base de licores. Durante un tiempo, que
al rey se le hizo eterno, El Licores preparó sus tortitas al caramelo con
brandy de cerezas.
Al rey le encantó el postre.
Por fin llegó el turno del campeón; Cedric
el Pastelero.
—Haré que pierda el sentido, Majestad con
mi pastel de arándanos con ralladura de nuez.
Cedric como los otros concursantes se
marchó a por sus pertrechos al almacén. Tardó unos minutos en volver. Apareció
lívido.
—¡Sabotaje! Esto es sabotaje —exclamó como
poseído—. Esos malditos cerdos se han comido mis arándanos. Sean comido hasta
mis nueces. Esto es sabotaje. ¿Quién les ha dicho a esos cerdos que se coman
mis productos? ¿Has sido tú, Larry? ¿O tú, muchacho? Soy el mejor pastelero, y
no necesito que un rey glotón de fe de ello. No necesito este concurso. Soy el
mejor. Me oís todos. El mejor.
Su sobrino intentó calmarlo. Había
insultado al rey que se tomaba muy en serio su aspecto. Pero lo peor de todo,
lo que más le molestaba al rey era perderse su postre a base de arándanos.
—¡Por todas las divinidades!, Cedric,
cálmate —dijo el rey—. Puedes hacer otro postre.
—Me niego a hacer otro postre. Soy el
mejor de todos y debería ganar el concurso.
—Me temo que eso no es posible, viejo
amigo.
—No y mil veces no —dijo Cedric antes de
abandonar la sala de reuniones—. Ha sido sabotaje.
El rey nombró a Larry el Yemas como
ganador con su turrón de yemas. Mike el Licores no pudo reprimir su decepción y
abandonó Ambrosia para siempre.
Cedric dejó la pastelería en manos de su
sobrino, que obviamente no estaba dotado como su tío, por lo que tuvo que
cerrar el negocio al poco tiempo.
El rey Wolwerine murió por un empacho de
turrón de yemas, algo que no apenó mucho a sus súbditos.
A Cedric dejaron de llamarle el Pastelero.
Ahora era conocido por el Loco.
—Aquellos malditos cerdos, esos animales
inmundos, fueron tan viles de comerse mis arándanos.
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