Amanece En París.


Amanece En París.


            La ciudad despierta, y las aguas del río reflejan la claridad creciente en un cielo púrpura. Las farolas se apagan, y las calles comienzan a cobrar vida. Los carruajes avanzan despacio por las avenidas entre los raíles del tranvía. A lo lejos se escucha el ronroneo de algún automóvil, que paciente espera su turno para pasar. En el bulevar, ya se han colocado los primeros vendedores ambulantes; flores, cuadros, y baratijas. Al otro lado, la silueta de la catedral se recorta contra el cielo que ahora se ha tornado anaranjado. Un triciclo pasa haciendo sonar su timbre. Una señora tocada con un sombrero que, bien podría ser un jardín en plena primavera, se para junto al escaparate de una tienda de lujo, mientras un niño hace girar su aro sobre la acera húmeda. Una anciana arrastra una carretilla llena de flores que con un poco de suerte le darán de comer al final de la jornada.
            Varios automóviles tan negros como elegantes rodean el Arco, mientras en la otra calle una joven pareja exhibe su amor entre las pinceladas de color bajo los toldos de los puestos de flores. Un sol raquítico a penas calienta los paseos del muchacho que vende la edición de la mañana. Las cafeterías hace rato que, acogen a todos aquellos que quieran disfrutar de un café caliente con un cruasán recién horneado. Un hombre con el pelo plateado, y un mostacho de tamaño considerable se deleita con las bocanadas de humo de su puro, mientras espera la llegada de su colega.    
            Una joven cruza la calle a toda carrera con la misión imposible de restarle tiempo al tiempo. La campanilla del tranvía anuncia su próxima parada. Dos mujeres de aspecto elegante cuchichean al paso de un hombre arrebujado en su abrigo. Un rastro de humo blanco acompaña a la embarcación que va dejando estelas ondulantes en las plácidas y oscuras aguas del río. Al fondo se devisa el puente, y la Torre como una aguja de metal.
            El día avanza trayendo consigo nubes grises que a mediodía descargan una lluvia plomiza que, provocó la huida de los peatones. Las calles no asfaltadas se convirtieron en un lodazal dificultando el tráfico.
            La tarde se oscurece con una luz ceniza, y las fachadas de los edificios adquieren un tono ambarino procedente de las farolas, que se refleja en los pequeños estanques que se han formado en las aceras adoquinadas. Cae la noche, y bajo el puente se reúnen las malas almas, que por unas horas se apoderan de la ciudad hasta que se completa de nuevo el ciclo.
            La ciudad se despierta…



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