Enamorarse.


Enamorarse.





Llegué pronto, o tarde según se mire. El partido ya estaba empezado. Venía escuchándolo en la radio. En lugar de subirme corriendo a casa para verlo, me quedé un rato escuchando la narración, más emocionada de lo que realmente estaba pasando en el campo.
            Otra ocasión perdida por el equipo de casa, dijo el locutor con un grito histérico.  
Me estaba enfureciendo.
Entonces miré hacía el portal, y allí estaban ellos. Enseguida reconocía a la hija de dieciséis años de mi vecina. Dieciséis años recién cumplidos y su novio, un par de años mayor que ella.
Me sentí como un espía de poca monta mirándoles a través de la luna del coche. Se estaban besando.
No eran besos adultos. Al menos no en ese momento.
Ni siquiera escuché al narrador gritar el gol. Estaba atrapado en una espiral de sentimientos. Y puede que, por qué no decirlo, me estuviera mordiendo la envidia. ¿Dónde habían quedado los besos inocentes de mi juventud?
 Subí a casa.
Estaba en silencio, fría y vacía. La imagen de la joven pareja se proyectó en mi cabeza. Y fue mucho peor. Ni siquiera el resultado del partido tenía ya importancia alguna.
Encendí el ordenador y miré la cuenta de una amiga en Instagram. No me costó mucho encontrar aquella fotografía en blanco y negro que unos meses atrás me transportó a un pasado remoto. Aquel simple abrazo entre la pareja protagonista, me trasmitía la esencia de lo que significa enamorarse. Las ganas de compartir la ilusión de vivir. La entrega incondicional al otro.
Todas aquellas emociones captadas por una cámara, y que ahora se aglutinaban en mi persona. Aquella verdad insondable, que parece haberse extinguido dentro de mi ser. La esencia devorada por el fuego abrasador. Esa parte de mí que aún pervive en lo más recóndito de mi alma, y que anhela volver a enamorarse.    

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