Los invasores Cervicalgiadores.
Llega en silencio.
Con la misma suavidad con la que cae la nieve en
el invierno. No agita sus estandartes como un poderoso ejército dispuesto a
presentar batalla. Todo lo contrario. A penas va dejando huella a su paso, sin
embargo, con endemoniado sentido del deber se aplica con paciente constancia
allí donde sabe que puede campar a sus anchas durante varios días antes de que
dé comienzo la batalla.
Me obliga a desplegar mi bandera en forma de sobre
blanco con bandas verdes. Me embriaga un sabor a anís intenso, mientras su
efervescencia estalla en burbujas blancas de esperanza.
El viento mece las ideas infectadas por el
invasor en una testa asolada por el dolor que la recorre. El Ejército de Salvación
permanece inmóvil y alineado a la espera de recibir a la horda invasora.
Durante minutos, que a veces puede llegar a prolongarse durante una hora, se estaceble
un combate sin igual entre las fuerzas ibuprofénicas y los invasores
cervicalgiadores.
Dolor intenso.
Muecas.
Lágrimas.
Y crujidos de diversa índole, se suceden hasta
que el invasor o es rechazado, o al menos da una tregua hasta el siguiente
asalto. Pero el mal ya está hecho. Una vida en pausa hasta que por fin la luz
vence a la tiniebla a sabiendas que nunca es una derrota definitiva.
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