Recuerdos
para el Futuro.
Mi madre un rato antes de que llegue la hora, se encierra en su habitación con la
esperanza de que nadie nos demos cuenta de que ha ido a sacar la foto de los
abuelos. Es una foto en blanco y negro donde la señora Concha y don Emilio parecen una pareja del cine de los años treinta. Ella rubia, con los ojos
grandes y azules, con una sonrisa enamorada. Él, varonil, repeinado y seductor, con cierto aire a Manolo Cararol. Después del ritual, mi madre guarda la foto hasta
el año que viene.
Viendo
un vídeo en YouTube, uno de esos que repasan el año de la persona que lo subió,
me he dado cuenta de que los recuerdos empiezan a tener mucho menos peso que
antes. Ahora están en la pantalla del móvil, del ordenador o de la Tablet. En las
redes sociales. Quizá, la ventaja sea que nuestros descendientes no tendrán que
imaginar cómo éramos. Con un par de clicks
estaremos más desnudos que cuando vinimos al mundo. Nuestras opiniones, nuestros
deseos, nuestros miedos, todo está ahí. Pero, ¿y si la imagen que estamos
dejando a nuestros descendientes no es la que queremos?
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