Cuanto más pienso en ti, más me doy cuenta de
lo lejos que estamos. De lo difícil que puede llegar a ser encontrar esa
persona que quizá alivie ese dolor que nos apuñala en los más íntimo de nuestro
ser. De esa soledad que nos abrasa, y que nos hace buscar con desesperación la sonrisa
de alguien que nos indique que estamos ligados de alguna manera que va más allá
de lo físico, de lo material. Algo que es tan intangible como real a la vez. Es
como ese plácido sueño que evocamos en el duermevela, y que se desvanece en
cuanto somos conscientes de él.
Cuanto
más pienso en ti, más me doy cuenta de que somos melodías distintas. Como los lados
de una misma moneda. Unidos y eternamente separados. Me sonríes. Pero en
realidad lo haces a todos aquellos que han encontrado en ti lo mismo que yo. Por
un instante me dejo engañar por esa necesidad de tenerte como una presencia
divina a mi alrededor. Todo se deshace en pocos minutos, y vuelve como un ave
migratoria esa sensación de orfandad.
Cuanto
más pienso en ti, más cerca estoy de ser el reflejo de aquello a lo que debía
aspirar. Aquello que me haga más digno de ti, y que jamás alcanzaré, pues mi
cobardía me lo impide. Nunca he sido valiente. Soldado que no muere sirve para
otra batalla. Aunque hace años que perdí la guerra. El viento me trae de vuelta
los sollozos del pasado. El sabor salado de las lágrimas que jamás debí probar.
Cuanto
más pienso en ti, más convencido estoy de la imperiosa necesidad de tenerte a
mí lado mientras sigo el camino, cada vez más corto y más silencioso, sin saber
que con cada paso que doy me alejo de ti de manera definitiva. Con cada herida
que remiendas en mi alma con tu mirada, tengo amordazar nuevos sentimientos,
que no han de ver la luz. Pues tengo miedo de hacerte huir. De que el susurro
de mis palabras hagan que el hechizo mágico que te retiene desaparezca con la
misma facilidad con la que nació esta nueva esperanza, que abonó el jardín sin
flores en el que me he convertido.
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